SAN SEBASTIÁN. DV. Religiosos, baserritarras, empleados municipales, trabajadores de depuradoras o, simplemente, aficionados al tiempo. Así son los colaboradores del Centro Meteorológico del País Vasco en Gipuzkoa. Para su directora, Margarita Martín, los verdaderos vigilantes del clima. «Personas que se levantan a las 7 de la mañana todos los días de su vida, sin faltar uno solo, nieve o truene, para ir hasta un observatorio que muchas veces queda lejos». Allí recogen datos relativos a la temperatura, la lluvia o el viento con los que se elaboran valiosas series climatológicas o certificados que acreditan el tiempo que hizo un día determinado para seguros, juicios o declaraciones de zonas catastróficas.
«Con los 300 euros que reciben al año no se pagan ni el combustible para ir de su casa al observatorio y sólo gracias a sus datos podemos estudiar el clima y sus cambios. Es una labor altruista. Estas personas hacen un ímprobo trabajo», reconoce Martín. Máxime cuando estos datos recogidos de forma manual posibilitan la elaboración de series climatológicas «que a veces tienen más valor que las de los observatorios oficiales, porque apenas tienen cambios de ubicación, las atienden las mismas personas y, si están en zonas rurales, el entorno no cambia como en los aeropuertos o en las ciudades».
Con los registros recopilados en estas garitas de madera repartidas por Gipuzkoa, que suelen esconder varios termómetros -para la máxima y la mínima-, un pluviómetro para medir la lluvia y muchos más aparatos en los casos de las estaciones más modernas, se ha elaborado un CD. Algo imposible sin la colaboración de estos guardianes del tiempo.
LUIS MARÍA AGUIRRE
Bergara
«¿La máxima? 42 grados en 2003»
«Esto te tiene que gustar, porque si no...». A Luis María Aguirre el gusanillo le picó en 1983, un año meteorológico marcado por unas devastadoras inundaciones. «Aquí, el 19 de julio del 88 hubo otras todavía más fuertes. Fueron muy locales. Tuvimos muchas pérdidas en Bergara, Antzuola y Elgoibar. En cambio, a Mondragón no le afectó tanto». Hace 25 años, Luis María trabajaba en la depuradora de Bergara, donde se dieron cuenta de que no les vendría nada mal contar con alguna herramienta para medir la cantidad de lluvia. Solicitaron una estación meteorológica y así empezó su carrera como hombre del tiempo. Asumió la tarea de apuntar diariamente las temperaturas máximas y mínimas y la cifra pluviométrica. Y ahí sigue, fiel a su cita, a punto de cumplir 80 años.
En este cuarto de siglo, la estación ha envejecido y ha cambiado de lugar. «Cuando me jubilé la trajimos aquí». Al caserío Narbaiza-Bolu, para hacer más cómoda esta sujeta tarea que ahora lleva a cabo a las diez de la mañana. «Hay que recoger los datos con la hora solar. Con el horario de verano, a las 10 y, en invierno, a las 9». A diario, sin excepción, los 365 días del año. Y si alguno no puede, cede la tarea a su hijo o a su nuera, que también están familiarizados con las tarjetas rosas en las que se apuntan las temperaturas y las blancas, que son para las precipitaciones. A final de mes se envían al Centro Meteorológico con sede en Donostia.
Luis María conserva en la memoria muchos de sus registros más espectaculares. Como aquellos 42 grados que anotó de máxima el 4 de agosto de 2003. «Ese verano hubo tres días de 40º». En concreto, el 21 de junio, y el 12 y 13 de agosto. ¿La mínima? «De diez bajo cero». ¿Y lluvia? En Bergara, el año más lluvioso de los registrados por Luis María ha sido 1992, con 1.937 l/m2. El título del más seco recae en 1989, con apenas 997 l/m2. También el del más cálido. «La media anual de 1989 fue de 19,9 grados, cuando las cifras normales andan entre 13 y 14. Aquel año se quemaron cantidad de montes en el País Vasco». ¡Vaya sequía!
Este bergarés, cuyas anotaciones se publican cada semana en la revista comarcal Goienkaria, confiesa que le gustan más las isobaras que las témporas. «Sin base no hay nada», dice. Y sigue la predicción del tiempo, «en Euskal Telebista o en la de Madrid». También mira el barómetro que tiene en el caserío, donde compagina las tareas en la huerta con las de vigilante del tiempo.
ALONSO FRANCÉS
Legazpi
«Piensan que eres meteorólogo»
Más o menos, un euro al día. Es la simbólica paga que reciben Alonso Francés Alustiza y el resto de las personas que se encargan de anotar datos meteorológicos, por ir todas las mañana a la estación de Legazpi. Pero el trabajo no acaba ahí, en esos cinco minutos de máximas y mínimas y litros al metro cuadrado. «Al final estás todo el día con el chip puesto. Tienes que estar al tanto de cuándo llueve, si graniza, si nieva, la dirección principal del viento... No tenemos anemómetro, pero espero que me lo pongan este año».
Francés, que es aparejador municipal en Legazpi, recibió el relevo en 1995 de manos de Félix Castañares, ex concejal y ex empleado de Bellota Herramientas, encima de cuyas oficinas se localizaba la estación. «Luego, esa parte se derrumbó para hacer la industrialdea y se instaló encima de los depósitos de Goenaga». Gracias a personas como Francés y Castañares, Legazpi cuenta con una valiosa serie climatológica desde 1946.
El aparejador reconoce que lo que empezó siendo un trabajo se ha convertido en una afición. Hasta el punto de que se encarga personalmente del cuidado de la garita -«la pinto cada dos años»- e incluso ha instalado una pequeña estación, «de esas que se compran en las farmacias», en casa. Su antecesor es otra prueba de que este mundillo engancha: «Mensualmente le enviamos todos los datos».
Alonso Francés es quizá el que más se asemeja a la definición de hombre del tiempo de los protagonistas de este reportaje. Porque hace varios años Urola Telebista le dedicaba un programa en el que hacía un repaso meteorológico mensual y en el que, al final, le preguntaban: ¿qué tiempo va a hacer? «Mucha gente se piensa que eres meteorólogo, pero no». Ante la insistencia, a veces acaba mojándose, «pero no hago pronósticos», subraya. «Tras tantos años te fijas en las tendencias: si el invierno es muy húmedo el verano no suele ser muy cálido, o al revés. El mes más lluvioso suele ser generalmente marzo y, el más caluroso, julio. En Legazpi, suele caer una pequeña nevada de las que no cuaja en diciembre y otra mayor a finales de febrero o en marzo». Pero de ahí a pronosticar el fin de semana...
Es lo que le preguntó hace años el encargado de información del Hospital de Zumarraga. Por aquel entonces, las visitas a pacientes ingresados estaban restringidas y sólo los que tenían una tarjeta podían pasar a la habitación. Francés acudió a visitar a un allegado. Pero todas las tarjetas estaban ocupadas. El hombre de la entrada le reconoció y le pidió un pronóstico. «Le respondí que no era meteorólogo, pero que en la televisión habían dicho que iba a hacer malo». Y le dejó pasar.
MARÍA JESÚS ASPIAZU
Elgoibar
«1996 ha sido el año más lluvioso»
En el Convento de las Clarisas de Elgoibar, el día arranca hacia las seis y media de la mañana. Las catorce religiosas franciscanas de la comunidad de clausura rezan entre las 7 y las 8.45 horas. A continuación, desayunan. Y hacia las nueve, María Jesús Aspiazu, la hermana superiora, va a mirar el pluviómetro, un gesto habitual dentro de su disciplina diaria desde 1987. Estos más de 20 años de colaboración le han valido un homenaje con motivo del reciente Día Meteorológico Internacional. María Jesús no fue a Donostia a recoger el galardón, pero le llevaron el diploma al convento.
«Para mí esto no es un trabajo. Si sirve para algo y puede ayudar a alguien...», comenta en euskera. María Jesús nació en Urrestilla y le gusta el mundo del caserío. Por eso se siente tan a gusto en la huerta del convento, donde se encuentra el pluviómetro. «Está en buen sitio porque puedo ir sin quitarme los zapatos, lo que facilita mucho la tarea». Pero quizás pronto tendrá que comenzar a cambiarse de calzado. «Creo que este año quieren poner otro chiringuito, con termómetros para la temperatura». Quizás también con un anemómetro para medir la velocidad del viento. «Lo van a cambiar de sitio, porque ahora el pluviómetro se está quedando rodeado de árboles, y eso tampoco es bueno para la recogida de lluvia».
La huerta está en cuesta, una de sus únicas pegas. Tiene árboles y flores y se oye cómo trinan los pájaros. Es un remanso de paz con una estación meteorológica. Allí se han registrado efemérides como la de aquel 6 de mayo de 2003, cuando se contabilizaron 188 l/m2. En cambio, en marzo de ese año solo llovió dos días - apenas se recogieron 47 l/m2-. Y eso a pesar de que habitualmente marzo suele ser muy lluvioso: este año se han recogido 330 l/m2 en Elgoibar.
En octubre de 2003, María Jesús contabilizó sólo 6 días de lluvia; en octubre de 2001, cinco; y en junio de 2001, sólo en tres días hizo falta el paraguas. Todo lo contrario que en febrero de 1996, cuando granizó y nevó como nunca. En estos casos de nieve, la labor de María Jesús se complica un poco. Si por la mañana se encuentra con los copos cuajados, los recoge en un balde y se los lleva al interior hasta que se derriten. «Entonces los mido, pero hay que especificar que ese agua es de nieve, o de granizo...». Así que en febrero de 1996 le dedicó más tiempo que el habitual a esta rutina. Aquel año se contabilizaron 1.643 l/m2 - con 326 l/m2 en febrero- durante los doce meses.
JOSÉ ÁNGEL GARCÍA VARA E IÑIGO GARRIDO
Zumarraga
«A los niños les gusta el heliógrafo»
José Ángel García Vara e Iñigo Garrido son las últimas incorporaciones al equipo de los vigilantes del tiempo. Estos empleados municipales son los responsables de la estación de Zumarraga, la más moderna y didáctica de Gipuzkoa. Aún no ha cumplido un año y, además de la manual, cuenta con una estación automática completa a la que se han añadido representaciones y explicaciones más atractivas para los niños. «La intención es que nos visiten escolares», cuenta García Vara. El Ayuntamiento se ha volcado en esta estación, cuyos datos se actualizan cada hora en su página web y se envían a distintos medios. El objetivo es que los niños se familiaricen con la meteorología en una época en la que el cambio climático es noticia de portada. Y en eso, Zumarraga está llamada a ser un referente. Hasta el momento, ya han recibido a algunos escolares. «Todos se asombran con el heliógrafo».
Comprobar las horas de insolación es una de las rutinas de Iñigo y José Ángel, que acuden cada mañana a la estación de Argixao para anotar las temperaturas, la pluviometría, las rachas de viento, la humedad o la evaporación. Una estación muy completa que se enriquece con otra automática totalmente informatizada. Muchos parámetros coinciden, «aunque a veces en la humedad suele haber una pequeña diferencia. La cifra de la manual suele ser un poco más baja».
Iñigo y José Ángel realizan esta metódica tarea desde septiembre, y se turnan fines de semana y festivos. «Es que no se puede fallar, porque se distorsionan todos los datos», recuerda García Vara, quien reconoce que hasta que les encomendaron esta tarea «no teníamos mucha idea sobre meteorología». Pero ya se están enganchando. Por sus manos pasan los datos que corroboran los comentarios de la calle, como los impresionantes aguaceros del mes pasado - «312 l/m2»-. «Te empiezas a fijar en las nubes, en las rachas de viento... Es bonito».
Pese a su juventud, esta estación cuenta con una mínima registrada de -8 grados y un día con 52 l/m2 de agua recogidos. Ahí es nada.