Es una verdadera pena que el gran esfuerzo que supone para la iniciativa privada, en este caso la Asociación Gayarre Amigos de la Ópera, de Pamplona, aunque sea con apoyos económicos institucionales, el subir al escenario una representación operística (en este caso con tres representaciones) encuentre semejantes fiascos en la interpretación. Será cuestión de buscar un mayor nivel d e exigencia o de optimizar recursos para invertir en lo mejor posible. Desde luego en esta Traviata hubo más sombras que luces. Pues bien, como en las evangélicas bodas de Canaa, dejemos para el final los mejores caldos, por no decir el mejor.
Musicalmente hablando la llamada orquesta BIOS hizo agua por muchos sitios. Ya no solo hubo una notoria carencia de afinación sino también una total insumisión a la batuta, con momentos en que el oído estaba totalmente incómodo, sobre todo con la cuerda. Cierto es que la aludida indisciplina orquestal estuvo abonada por una dirección musical que perdió el control de la concertación y las velocidades del foso no estaban acompasadas con las necesidades vocales de las tablas. Así nunca puede funcionar la magia de la ópera. La dirección de escena de Camponeschi brilló por su inoperatividad, pues los personales de escena se movieron sin consistencia y motivación.
Se sufre contemplando el deterioro vocal que presentó la soprano Takova, interpretando a Violeta, con un centro inexistente, una emisión corta y poco audible y unos apoyos siempre forzados para acudir al agudo tirante y limitado. Cebrián hizo un ídem Germont de vibrato y de tensiones inexplicables, con más tablas que calidad.
El caldo de buena añada estuvo en la voz del tenor Carlos Cosías, que presentó un Alfredo con poder y gusto, aunque ha de cuidar la emisión que la focaliza sin articular debidamente. Fue la luz de la noche.