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RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

Beti Erreala!

betierreala!
Lillo rompió los estereotipos

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san sebastián. DV. En el último momento de la rueda de prensa tras su primer partido en Anoeta, Juanma Lillo admitió que su equipo había remontado con más alma que cabeza y añadió bajito, como si el colofón se le escapara, «es que el alma también tiene cabeza». Cuando salíamos del estadio, una compañera repetía la frase sonriente, por fin siete palabras que respondían a las expectativas que despierta el nuevo entrenador de la Real.
Muy poco para lo que algunos esperaban. Lillo rompió de entrada todos los estereótipos que seguramente a su pesar se han tejido sobre su persona. Lo que no sabemos es cuánto de verdad hay en esa sucesión de tópicos que suele envolver al de Tolosa. Lillo es un entrenador de verdad, respetado por sus colegas y por la mayor parte de los futbolistas que ha tenido a sus órdenes, y que en los terrenos de juego ha solido ser tan discreto como lanzado ha aparecido delante de los micrófonos.
Para los que le conocen, no fue ninguna sorpresa verle aparecer sobre el césped de Anoeta en el último momento, con una trenca oscura y sin ningún gesto. Tampoco les sorprendería que se mantuviera sentado en su banquillo cuando el estadio estallaba de júbilo gracias a los goles de Delibasic y Fran Mérida. Ni que cuando el árbitro dio por terminado el encuentro, saltara del banquillo y fuera el primero en retirarse del terreno, mientras sus jugadores se abrazaban en el centro del campo en medio de un clamor que procedía de la grada.
No se le vio repartir abrazos, bueno tuvo que aceptar y devolver el que le dio el presidente cuando se retiraba tras acompañar a los familiares de Aitor Zabaleta. Tampoco tuvo gestos desplazados o excesivos. Su primera presencia en Anoeta estuvo marcada por la discreción.
Lillo es un hombre discreto en el campo y no trata de competir en popularidad con sus jugadores, algo que sí hacen otros entrenadores menos peculiares en sus declaraciones públicas. Y en su primer partido todo lo que hizo debería servir para corregir un tópico que según me dicen quienes le conocen mejor que yo no merece en modo alguno.
Apariciones fugaces
El nuevo técnico realista vio el partido sentado y se limitó a levantarse para hacer su trabajo cuando la ocasión lo requería. La primera vez en la que saltó de su asiento fue antes de que se cumpliera el primer minuto de juego. Si desde las alturas de la tribuna de prensa, interpretamos bien sus gestos, insistía a sus hombres en que presionaran más arriba la salida de balón del equipo rival.
En el resto de la primera mitad no se levantó más allá de media docena de veces y todas para asomarse a la esquina de su área técnica para dar indicaciones concretas a alguno de sus jugadores. Tampoco se le veía charlar demasiado a menudo con Raúl Caneda, su ayudante, y si lo hacía era sin apartar la vista del terreno de juego. Estaba a lo que estaba.
Para corregir alguna posición o modificar algún planteamiento, aprovechaba los parones de juego. Se asomaba a la banda, hablaba -a voces, claro- y un momento después volvía a estar sentado. Quien fuera a Anoeta esperando algún tipo de espectáculo en el banquillo, estaba equivocado. El nuevo entrenador dejó claro que esto va en serio. Luego, los resultados serán mejores o peores, pero no será porque los técnicos y los jugadores estén pensando en algo más que en llevar al equipo a Primera.
Crece la ansiedad
Al término de la primera mitad, Lillo se retiró charlando con Caneda con gesto tranquilo, pero la segunda mitad iba a tener otra presión. La ansiedad fue creciendo a medida que el encuentro avanzaba y el técnico no pudo contener un salto de frustración cuando Víctor no llegó a rematar un servicio de lujo de Xabi Prieto.
El entrenador tolosarra aprovechó para dar instrucciones a Díaz de Cerio que se preparaba para sustituir a Víctor precisamente en ese momento. Lillo fue más expresivo para alentar a los jugadores que iban a entrar en el terreno que para trasladar las sensaciones que el encuentro le iba produciendo.
Se le empezó a ver más a menudo junto a la banda y por una vez permaneció durante muchos segundos más allá de su área técnica para levantar el ánimo de sus jugadores tras encajar el gol del Hércules. Los alicantinos ni se habían acercado al área de la Real, pero estaban delante en el marcador gracias a un pelotazo a balón parado y una reacción insuficiente de nuestra defensa.
Luego vendrían más cambios y los dos goles de la Real y una gran ocasión que no terminó en el fondo de la red. Lillo ni se imutó en los buenos momentos. Cuando Fran Mérida dio la vuelta al marcador, saltó todo el banquillo realista. Menos el entrenador. Cuando Caneda volvía al banquillo, abrazó al míster antes de sentarse. Fue la única pista de que el entrenador estaba satisfecho. Desde allí arriba pudimos imaginar la alegría que sentía Juan Manuel Lillo al comprobar que la primera victoria se iba a quedar en casa. Tenía motivos para estar contento.
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