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RSS | ed. impresa | Regístrate | 15 octubre 2008

San Sebastián

SAN SEBASTIÁN
Si las murallas hablaran.
06.04.08 -

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No es fácil recordar que San Sebastián tuvo un pasado guerrero y militar. A pesar de la perturbadora liberación de ingleses y portugueses, y el famosísimo incendio de 1813, la sombra de la ciudad balneario, refugio de reyes y aristócratas, es alargada. Tanto que, en ocasiones, lograr borrar el semblante bélico que caracterizó a este burgo durante siglos es prácticamente imposible. A ello también contribuye la ausencia de las primitivas murallas medievales, aquellas que arrancaban en la actual calle Embeltrán y, ojo al dato, desplegaban sus baluartes y cubos hasta el extremo norte de la plaza de Gipuzkoa.
Como saben, éstas se evaporaron con las ansias expansionistas del siglo XIX y aunque todavía persisten los maltrechos y sudorosos muros expuestos en el parking del Boulevard, la cara militar de la ciudad no es lo que era. Todavía podemos deleitarnos con el flanco occidental, adecentado y restaurado, que mira al puerto y que esconde una serie de curiosidades que, a la vista del interés demostrado por varios lectores, vamos a desglosar aquí. Por de pronto, ¿se habían fijado en la placa de mármol que decora este dique e informa de los orígenes de las antiguas murallas donostiarras? Se encuentra a medio camino entre la calle Igentea y Sokamuturra y ha sido objeto de algún tipo de acto, no sabemos si vandálico o político contra. el Rey Sancho el Fuerte, a juzgar por los dos manchurrones de pintura amarilla que lo decoran. Éste dice lo siguiente: «Muro levantado en tiempo de los Reyes Católicos para la defensa del frente occidental de la plaza, en sustitución de la muralla del Rey D. Sancho el Fuerte de Navarra, construida a lo largo de la calle del Campanario. Monumentos Histórico-Artístico. Decreto de 14 de agosto de 1925».
Muy cerca del emblema, salpicando el tabique desde su arranque hasta las faldas del monte Urgull, hallamos una serie de huecos en la piedra, a modo de hornacinas. Los hay de dos tipos: de ranura y de ranura con un agujero en la parte baja. Algunos han sido modelados con varias rocas y otros, en cambio, están hechos de una única pieza de piedra arenisca, material que evidencia más que otros que el tiempo no pasa en vano. Aquellos que hayan pisado un castillo medieval o una fortaleza militar cualquiera habrán reconocido, al instante, la pieza arquitectónica de la que estamos hablando: una aspillera, que el diccionario de la RAE define como «abertura larga y estrecha en un muro para disparar por ella».
Fue el investigador Antxon Aguirre Sorondo quien nos ayudó a poner nombres y apellidos a las cavidades, totalmente clausuradas y capadas en la actualidad. También nos explicó la razón de ser de los modelos con el orificio en la parte inferior: «Es una evolución de la aspillera que permite un mayor ángulo de movimiento a la hora de disparar». La parte alta, la más estrecha, sirve evidentemente para que el defensor de las murallas se parapete. La presencia de éstas es llamativa por varias razones. La primera por hallarse en la parte baja de la ciudad que, como hemos apuntado anteriormente, desterró hace tiempo su pasado beligerante. La segunda, por la inevitable ristra de incógnitas que siempre planteamos en esta página: ¿Cómo llegaron allí? ¿Es ese su emplazamiento original o, por el contrario, fueron trasladadas para que permanecieran a la vista de los paseantes? ¿Cómo se explica que hayan sido fabricadas con diferentes piedras? ¿Acaso pertenecieron las piezas de arenisca a la primitiva muralla medieval, siendo recicladas para las construcciones del siglo XV?
No tardamos en tratar de dar con la respuesta a estas dudas, acudiendo al imprescindible volumen del militar Fernando Mexía Carrillo, El castillo de Santa Cruz de la Mota y las Murallas de la Plaza de San Sebastián e interpelando a nuestros informantes habituales, pero las incógnitas seguían ahí. Sí que conseguimos averiguar que el actual emplazamiento de las aspilleras bien podría ser el original pues recordemos que este sector de la muralla nació al ras del mar, siglos antes de creación de los muelles. Esto es: las aberturas para disparar se encuentran a unos cinco o seis metros sobre el nivel del mar, una altura lógica para agredir con saña a los posibles atacantes.
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