Durante meses, tal vez años, Antonio Fontaneda, buscó protagonismo ante los objetivos de los fotógrafos, ante los destellos de los flashes. Eran otros tiempos. Eran días de gloria. El promotor se encontraba en la cresta de la popularidad, organizaba fiestas, desfiles de moda, se codeaba con personajes de la farándula, con miembros de la jet, todo ello gracias al dinero que había obtenido de más de doscientos inversores que, en unos casos, de manera ingenua, y, en otros movidos por la codicia, por qué no decirlo, le entregaron sus ahorros.
Ayer, sin embargo, en el Palacio de Justicia de Pamplona, sentado en el banquillo de los acusados, al lado de su hijo Raúl, las cámaras ya no le hicieron tanta gracia. Oculto bajo unas gafas de sol, no tuvo más alternativa que soportar, junto al resto de los acusados, la sesión fotográfica a la que fue sometido.
Vestido de riguroso negro, con un polo y una americana, con el pelo recogido en una coleta, Fontaneda escuchó los escritos de las acusaciones sin demasiado interés. Hubo momentos incluso en los que pareció que el sueño le vencía. En la sala de vista se encontraba su esposa que se despidió de él con un beso. La mujer fue imputada en un primer momento, pero posteriormente quedó fuera del proceso
Antonio Fontaneda se encuentra ingresado en la prisión de Pamplona después de que fuera condenado a cuatro años de cárcel por un delito de malversación de caudales por la venta de varios vehículos que tenía embargados.
El lunes, Fontaneda tendrá que prestar declaración. Lo hará ya en calidad de condenado por un delito de estafa.