Renovadamente dinámico ha vivido el Jazzaldia sus últimos años, adaptándose a los cambios generacionales y al mutante terreno urbano, y conservando su original tarro de esencia jazzera. Como el Festival es veterano, ha pasado por variados meandros. En el aspecto musical mudó en día de un esquema casi purista a un poutpourrí casi de varietés para ir asentando después la filosofía abierta que lo define. En lo organizativo, las idas y venidas geográficas componen un significativo nomadeo, de extremo a extremo de la urbe: Parte Vieja-Anoeta-Alderdi Eder-Zurriola..., con el también ir y venir de escenarios viejos que se cerraban y nuevos que se abrían: Victoria Eugenia, Kursaal.
Fiel a esa tradición de cambio y dribling, la 43 edición va a contar con la excepcionalidad de una plaza de la Trinidad cerrada por obras; el sancta sanctorum del Jazzaldia chapado por obligación técnica. Y fiel a su camaleonismo, la cita musiquera no sólo no parece resentirse de ese frontal obstáculo sino que va a intentar salir aun más airosa del envite. No habrá reuniones sociales en la Trini, pero la afición exigente ganará en calidad de escucha y atención en el Victoria Eugenia o Kursaal (ambos con salas menores para las sesiones más delicatessen).
La lista de rutilantes apellidos para públicos amplios con capacidad económica, y a disfrutar en los mayores espacios de pago, sigue siendo heterodoxamente espléndida. Y la última adquisición de la casa, las fiestas masivas y gratis, dirigidas sobre todo hacia las capas más jóvenes de edad y espíritu musical, se refuerzan con la Noche Blanca que es la ultimísima novedad de la cita donostiarra. El Jazzaldia sigue mutando en fondo y forma con esa «jornada cultural ininterrumpida» para unas propuestas que viajen desde el centro (Tabakalera) al límite de las mugas: por el oeste hasta el Aquarium y al este hasta el Museo de la Ciencia. Músicas en movimiento.