Ayer hace 121 años, nacía en San Sebastián el compositor más profundamente donostiarra -con permiso de Sarriegui-, el hombre de Las golondrinas, José María Usandizaga.El mismo año en que el Gran Casino abriría sus puertas, nació Usandizaga. Como describió el cronista Jesús María de Arozamena, en Joshemari Usandizaga y la bella época donostiarra, «la ruleta giraba, se tentaba la fortuna y la ciudad era visitada por los primeros turistas del mundo. En el Casino se hacía música, y música de la buena».
En ese mismo Gran Casino, un precoz José María actuaría por primera vez en 1898, tocando al piano piezas de Chopin. Todavía vivía lo que José María Mendiola definió como «esa infancia que se desenvuelve en un San Sebastián íntimo y pequeño, esa infancia que en gran parte parece desarrollarse en los viejos balcones de la calle Garibay».
De unos balcones a un caserío, el Aguerre de Urnieta, en el que compondría en tres meses el drama sinfónico Las golondrinas. Su estreno en el teatro-circo Price de Madrid, en febrero de 1914, cosechó un éxito de esos que se suelen adjetivar como apoteósico.
Pocos sabían entonces de la enfermedad del compositor donostiarra, que moriría en octubre de 1915, entre una gran conmoción social. Era muy pronto, demasiado pronto. Los melómanos siempre se han preguntado por hasta dónde hubiese llegado su carrera, truncada nada más empezar. Tras estrenar el Himno del centenario en 1913, apenas tuvo tiempo de componer Mendi mendiyan, Las golondrinas y La Llama, esta última ya estrenada tras su muerte.
Su hermano, el médico Manuel de Usandizaga, comentó en DV en el cincuentenario de su fallecimiento que el autor escribió desde la cama «todas las composiciones que produjo entre los 20 y los 28 años, que es cuando murió. Padecía una lesión tuberculosa en la cadera y andaba cojo. Había que acercarle el piano a la cama, donde pasó la mitad de la vida, sin que jamás se le oyera la más mínima queja por su aflictiva situación». El doctor comentó entonces que «mi carrera de Medicina se pagó con los beneficios que dio Las golondrinas, por lo que puede decirse que yo soy la última obra suya».
Los donostiarras recuerdan al maestro Usandizaga con la calle a él dedicada desde 1923 en Gros y con ese conjunto monumental que, a veces algo abandonado y semioculto entre la vegetación del parque pero pleno de encanto, le evoca desde 1916 en la plaza de Gipuzkoa.