kabul. DV. A las cuatro y media de cada tarde, una larga fila de niños se junta en torno a las fuentes instaladas por el Alto Comisionado de Naciones Unidas (ACNUR) en Koule Abchacan, uno de los barrios que cuelgan de la montaña central que preside Kabul. Llegan con bidones de plástico, cubos o botellas y hacen cola a la espera de que llegue el agua. «Los extranjeros están haciendo grandes obras en todo el país, hay zonas de Kabul que parecen nuevas, pero aquí sólo nos han llegado estos grifos que permanecen secos casi todo el día», lamenta Mohamed, que vive en lo más alto. Ha sido uno de los últimos en regresar del exilio paquistaní, y ya sólo quedaba sitio para edificar su chabola en la zona más inaccesible.
Este barrio se encuentra en la céntrica montaña de Kohe Azmai, la montaña del cielo, que vigila Kabul y que está coronada por las antenas de la cadena de televisión Aria, por lo que los vecinos la han rebautizado como Kohe Televisión, el monte de la televisión. Pequeñas casas de adobe y chabolas rudimentarias se elevan colina arriba y sólo son accesibles por senderos de tierra y piedras. Desde Koule Abchacan se observa el Kabul del siglo XXI, con las siluetas de nuevos edificios y el tráfico constante de helicópteros y aviones militares. Cuanto más pobre, más arriba hay que irse, lejos de Deh Afghanan, centro neurálgico de la capital, lugar donde se encuentra la estación de autobuses, y desde el que en pocos minutos uno cambia el panorama urbano, por la realidad de las miles de familias que viven en las montañas. Gran parte de ellas formadas por refugiados que han ido regresando al país en los últimos años.
Media hora al día
El Ministerio de Agua y Energía afgano es responsabilidad del señor de la guerra Ismael Khan, que desde su llegada no ha sido capaz de garantizar a la capital ni agua corriente, ni un suministro regular de electricidad. Kabul se mueve a ritmo de generador y ahora, después de siete años de la caída del régimen talibán, es posible para los miles de vecinos de Koule Abchacan contar con media hora de agua al día. Suele ser a las cuatro y media y sólo por espacio de treinta minutos, con lo que conviene llegar pronto para no quedarse sin nada. Según un informe de UNICEF, «hoy, solamente un 17% de la población rural y el 38% de la urbana tiene acceso a un sistema básico de suministro de agua, uno de los niveles más bajos del mundo».
Desde estas colinas los antiguos señores de la guerra, como Dostum o Hekmatyar, machacaron literalmente la ciudad durante los más de veinte años de guerra civil. «Hoy estamos mucho mejor que en la época de la guerra, no hay comparación, pero sufrimos las consecuencias de tantos años de combates. No hay trabajo y más o menos, a nivel de servicios, en este barrio vivimos como con el gobierno talibán, es decir, nadie de las instituciones nos ha dado un solo garbanzo», señala Marfuz, que ha enviado a tres de sus diez hijos a la cola del agua.
Este panorama, sin agua, saneamientos de ningún tipo, ni electricidad, se encuentra a menos de veinte minutos caminando desde la Embajada de Estados Unidos o el cuartel general de ISAF, la fuerza internacional de asistencia y seguridad.. En esta capital cientos de ONGs trabajan desde hace siete años, «pero aún es necesario mucho tiempo para poder reparar todo el daño de la guerra», opina Mustafá, trabajador de una ONG local que se encarga del mantenimiento de los varios grifos.