Gregorio Rojo, (Briviesca, 1952) es la metáfora del hombre autodidacta y bregador que, propulsado por su afán de superación y apoyado por el PSE, ha logrado cruzar la línea volante del éxito. Ahora más que nunca con su reelección, hoy, como presidente de la Caja Vital, después, eso sí, de una bronca histórica.
Cuarto y último hijo de un ferroviario, el pequeño de los Rojo fue un chaval espabilado e impulsivo que se crió en Vitoria. Aún no había cumplido los veinte cuando una grave enfermedad dejó a su padre fuera de juego. Al igual que su hermano Javier, que aspira a volver a presidir el Senado cuatro años más, tuvo que dejar sus estudios en Diocesanas para ponerse a trabajar, como delineante, en una empresa de válvulas. Pronto se hizo también un hueco en su comité de empresa. Para entonces ya estaba afiliado a Comisiones Obreras.
Aunque su precoz activismo sindical no le impidió sacarse una maestría industrial, asistiendo a clases nocturnas, enseguida se enroló en el sector comercial. En concreto, en la pescadería que regentaba su esposa. Poco a poco, amplió el negocio hasta fundar una empresa mayorista, -que aún hoy supervisa a diario antes de enfundarse el traje y acudir a su flamante despacho en la Vital-, impulsó y lideró la asociación de comerciantes del principal mercado de la capital alavesa y, a finales de los ochenta, recaló en la directiva del Alavés, donde ejerció también como portavoz hasta 1996.
Entonces, hacía ya un cuatrienio que ostentaba el cargo de vicepresidente segundo de la caja, controlada entonces por los nacionalistas. Accedió al cargo al ser designado por su partido como uno de los representantes correspondientes a las instituciones, cogobernadas en aquella época por el PNV y el PSE.
En 2000 Rojo exhibirá toda su capacidad como hábil estratega al trabar un inesperado acuerdo con los sindicatos, ELA incluida, que permitirá a la alianza constitucionalista apoyada por socialistas, populares y la desaparecida UA descabalgar por primera vez al PNV de la caja. La Plataforma de la Pluralidad obtuvo la victoria por un sólo voto. Como 'número dos', en los siguiente cuatro años se emplea con eficacia en preparar su asalto definitivo para comandar la Vital. Lo logró el 31 de marzo de 2004, después de doce años vinculado a la entidad.
Defensor encendido de la fusión-integración de las cajas, al igual que sus homólogos de la BBK y la Kutxa, se revela entonces como un gestor de guante blanco y muy activo.