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RSS | ed. impresa | Regístrate | 9 mayo 2008

Sociedad

AL DÍA
UNA HISTORIETA ENTRE AVIONES
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UNA HISTORIETA ENTRE AVIONES
Nos encontramos en el aeropuerto de Hondarribia hace varias semanas. Me vio con mi maletín, trajeado y encorbatado y me espetó de sopetón: «Y tú, ¿todavía viajas?». Ante mi sorpresa, añadió, «pero, ¿no te habías ya jubilado, o semijubilado?».
Quien así me interpeló era un ejecutivo donostiarra de altos vuelos, antiguo alumno mío, listo e inteligente donde los haya, aún más trajeado que yo, y con un maletín de los que anuncian en las páginas couché, a punto de coger, un lunes por la mañana, el avión para Madrid. De entrada me quedé sin saber qué decirle, lo que aprovechó para significarme que, llegados a cierta edad, los ejecutivos de verdad ya no viajan más que por placer, dejando los desplazamientos a sus subalternos mientras ellos, más en casa que en la oficina, dirigen, aunque realmente, por procedimientos virtuales.
Aguanté la puya pues la sutil (y acertada) distinción entre viajar y desplazarse, me acompaña hace años. Montamos en el avión, afortunadamente en asientos separados, y no dejaba de rumiar las sensatas (aunque un tantos hirientes) reflexiones de mi ex alumno, hoy ejecutivo aventajado que, con sus palabras y prestancia, avejentaba a su antiguo profesor.
Ya acomodado (¡es un decir!) en las butaquitas de Iberia me decía que nos desplazamos para ir al trabajo, para hacer la compra diaria, para acudir a un espectáculo, para tomar unos vinos con los amigos...En los desplazamientos, aún buscando la comodidad o la diligencia, soportamos más fácilmente los atascos pues son el lote de la vida cotidiana.
Ahora bien, cuando viajamos, lo hacemos con sosiego, dejamos atrás nuestro hábitat, nuestro run run cotidiano en busca del descanso, de la emoción por lo desconocido o, simplemente, por cambiar de aires, conocer tal ciudad, aquella maravilla de la naturaleza, etc.
Pero, últimamente, el problema de los viajes estriba en que apenas se distinguen de los desplazamientos. Especialmente cuando, como en la Semana Santa, se viaja en fechas multitudinariamente convenidas para ello y, muchos de los que pueden, dejan el run run del trabajo cotidiano por el run run de los viajes programados con lo que los atascos superan los del tiempo de trabajo.
Al llegar a Barajas, mi ex alumno se ofreció, amablemente, a llevarme en taxi al centro de Madrid. Se me abrió el cielo y, esta vez fui yo quien le espetó: «¿A Madrid en taxi a la hora punta?. ¿Es que aún no te has enterado de los atascos y de la incertidumbre de llegar a la hora prevista a tus reuniones, si circulas en superficie?. ¡Hay que aprender a desplazarse en las grandes ciudades mucho antes de jubilarse, muchacho, si alguna vez quieres viajar como un señor!», apostillé. Y, sin darle tiempo a reaccionar, le planté dos palmaditas en el hombro y, tras un furtivo agur, me escabullí en el metro.

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