Pocos acontecimientos económicos han sido tan anunciados como la crisis inmobiliaria en España. Hemos pasado una década de frenesí constructor de tal envergadura que la exuberancia de la oferta no ha sido capaz de impedir una espectacular escalada en los precios. Sin duda alguna, la evolución no ha sido fruto del azar o del capricho de algunos, sino que ha estado sustentada sobre bases muy firmes. La población española ha crecido enormemente gracias al fenómeno de la inmigración; la estructura familiar se ha transformado en profundidad con la generalización de las familias monoparentales y la prolongación de la esperanza de vida; los tipos de interés se han situado, de manera casi permanente, en niveles reales negativos y las ansias de propiedad, siempre altas entre nosotros, se han convertido en omnipresentes. El proceso ha sido tan profundo y duradero que ha provocado la mejor década de crecimiento con la mayor creación de empleo. Ha hecho ricos a los padres, aún a costa de dificultar el acceso a la vivienda de sus hijos.
El problema ahora es que la oferta ha engordado tanto, se ha hecho tan ávida, que la demanda actual es incapaz de satisfacerla. La brecha abierta entre ambas tardará en colmarse y mientras no lo haga persistirá el riesgo evidente de que el sector entre en un proceso deflacionario. Si es que no está ya inmerso en él. Tras cientos de avisos falsos, el lobo ha llegado hasta el rebaño. Los riesgos de la inflación son siempre elevados, pero los de la deflación son letales. Si los pocos compradores que están dispuestos a adquirir una vivienda llegan al convencimiento de que el mes que viene podrán comprarla más barata, esperarán. Los promotores apurados, como no venden, bajarán sus precios, y así un mes tras otro en una peligrosa espiral. El que suponga que eso no pasa nunca con las viviendas, que estudie el caso japonés y mida su duración.
De momento, tenemos ya en marcha el primer elemento de la ecuación -las ventas se han desplomado más de un 27% en enero de 2008 con respecto al mismo mes del año anterior-, mientras que el segundo atisba por el horizonte -la hipoteca media solicitada ha disminuido en más de un 3%-. ¿Cuál es el final de la historia? Pues no tengo ni idea, pero yo apostaría a que el siguiente capítulo, va de lo mismo.