SAN SEBASTIÁN. DV. «Le he dicho: 'Antonia que te has dejado el grifo abierto'. Me he levantado y es entonces cuando he visto que entraba agua por el pasillo. Cada vez más. Nos hemos asustado mucho». Aurelio relataba el dramático episodio cuatro horas después con cierta flema para tratar de tranquilizar a su esposa, presa de la desolación ante su hogar destruido.
Aurelio Ambrinos tiene 70 años, los que lleva viviendo en el bajo derecha del número 6 de la calle Soraluze, que desemboca en el Paseo de Salamanca. Ayer el «goteo» que le despertó al amanecer era la marea que tocaba a la puerta, una hoja blindada con cinco puntos de anclaje. No sirvió de nada.
Bueno, sí. Retuvo la corriente de agua y desperdicios que se colaban portal abajo, de manera que la presión era tal que Aurelio y Antonia no podían abrir la puerta, lo que incrementó la angustiosa situación del matrimonio, sobresaltado por la inundación creciente y que no sabía qué estaba pasando al otro lado de la puerta de casa. Conscientes de que aquello podía reventar, Aurelio y Antonia se alejaron de la puerta por el largo y angosto pasillo que sirve de acceso a las estancias de la vivienda. «No podíamos salir, realmente no podíamos hacer nada», comentó Aurelio, que en vano intentaba reconfortar a una inconsolable Aurelia.
El empuje del agua embalsada' pudo al final más que la puerta y ésta reventó con marco y todo. «Estábamos a cuatro metros cuando ha tirado la puerta. No nos mató porque Dios no ha querido. No nos ha tirado al suelo, pero me he caído por los nervios», sollozaba Antonia.
La corriente de agua anegó la vivienda y reventó hasta los zócalos. Miembros de la Guardia Municipal rescataron al matrimonio mientras el agua drenaba por un patio interior.
Cuando pudieron regresar a casa, Antonio y Aurelia se encontraban con un panorama desolador. A oscuras, el pasillo era un barrizal -«había hasta tapacubos de coches de la calle»-, los zócalos desprendidos, las paredes empapadas, la cocina embarrada, lo mismo las habitaciones... El agua lo había puesto todo manga por hombro.
«Habíamos hecho obra»
Antonia no podía contener el llanto mientras miraba desesperada en derredor suyo. «Hace poco hicimos obras en las que nos hemos gastado varios millones y mira ahora cómo está todo. Estoy destrozada, no puedo», lloraba.
Una hija del matrimonio trataba de poner orden en las cosas e instaba a su madre a buscar el seguro de la casa y «el último recibo».
«Qué va a ser de nosotros ahora. No podemos dormir, por favor...», insistía la madre, que había olvidado que la Guardia Municipal de la capital ya les había garantizado que no debían preocuparse por el alojamiento mientras no pudieran regresar a casa.
«Nunca nos había pasado algo parecido y mira que llevo 43 años viviendo aquí», insisitía Antonia. «Pues mira que yo llevo setenta, y tampoco», apostilló Aurelio.
Iñaki Maiza, gerente de la sociedad municipal de rehabilitación de la Parte Vieja (Parvisa) comentó que «ha sido terrible lo que les ha pasado. Primero no podían salir y luego la marea les ha reventado la puerta blindada, que pesaba más de cien kilos. La verdad es que es espantoso todo lo que ha pasado aquí esta mañana, pero afortunadamente los daños sólo han sido materiales».