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RSS | ed. impresa | Regístrate | 10 febrero 2010

Sociedad

giputxirene | juan aguirre
Creadores y explicadores

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Creadores y explicadores
Muletilla sobada en el periodismo cultural es la que atribuye reflexión a cualquier propuesta en cartelera. Lo oímos muy a menudo: una exposición de arte reflexiona sobre el mundo actual; la cantante reflexiona con las letras de su último disco; una película ambientada en la Alemania nazi reflexiona en torno a los totalitarismos, y los espectáculos de La Fura dels Baus, por poner un ejemplo, se promocionan como reflexiones sobre la violencia, el sexo o la muerte, aunque el resultado es un turbión audiovisual del que sales como el negro del sermón, con los pies fríos y la cabeza caliente.
En realidad reflexionar, lo que se dice reflexionar («pensar atenta y detenidamente sobre algo», según el diccionario), se reflexiona poco en el arte como en todo lo demás. Antes bien, hoy en la creación priman valores como el cálculo, el efecto o la oportunidad, en correspondencia con una cultura subvencionada, un consumidor haragán y un ambiente intelectual blandiblú.
La reflexión, cuando la hay, parte del cuerpo de especialistas. Tan importante como el artista contemporáneo es el intérprete que desentraña el sentido de las obras de aquél mediante discursos y metadiscursos. Alguna vez he escrito sobre el paralelismo de estos modernos explicadores con los del antiguo cine mudo. El explica, como popularmente lo llamaban, era un caballero que, al pie de la pantalla durante las proyecciones, puntero en mano, iba describiendo la acción y leyendo en voz alta los rótulos para que todo el mundo entendiese la película. Pero en el oficio algunos alcanzaron tal técnica y donaire que la gente acudía a determinados cines no por ver los filmes sino a sus explicas, admirados como estrellas.
Creo que en el arte vamos hacia algo así. Como cada vez se paga más por creaciones de aleatorio valor, el mercado necesita de piquitos de oro que aureolen de reflexión y den espesor teórico al producto. No está lejos el día, si no ha llegado ya, en que habrá exposiciones con curators o comisarios pero sin obra, igual que antaño podía haber sesión de cine cuando se fundían los plomos del proyector allí donde contaban con un buen explica.
Hoy hace justamente sesenta años y un día abandonaba este mundo cruel Antonin Artaud. Su teoría artística se sustentaba en el principio de que «nadie nunca ha escrito o pintado, modelado, construido, inventado, para otra cosa que para salir del infierno».
De este Occidente autocomplaciente, de esta «granja de pollos bien alimentados» (Jean Clair), ¿puede nacer un arte sin amaneramiento? Lo dudo. La revolución estética del siglo XXI la harán quienes están peleando por salir del infierno.
Por sus obras los conoceréis, no por sus explicadores.
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