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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 15 febrero 2012

Pelota

ANÁLISIS
Txapela a la humildad
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Un calambrazo recorrió mi interior el primer día que le vi apoyado en un bastón, frente al frontón Beotibar. Estaba al corriente de que había permanecido ingresado en un centro hospitalario, pero no entraba en mis cálculos ver así a Miguel, el hombre fuerte, alto, sano, alegre, atento... Hasta aquella tarde pensé que era indestructible. El apretón de manos que nos dimos fue especial.
Sentí admiración por él desde el día que le conocí en el frontón Galarreta, a finales de la década de los 80. Acompañaba siempre a José Mari Salsamendi y Jesús Abrego. Un par de conversaciones bastaron que entabláramos relación. Los cerca de cuarenta años de edad que nos separaban no supusieron ningún obstáculo entre ambos. Miguel correspondía a mi admiración con aprecio. No hablábamos sólo de pelota. Lo humano y lo divino presidieron nuestras conversaciones.
Miguel se refería a la pelota a mano de su época con la misma pasión que a la actual. Distinguía perfectamente los cambios experimentados por este deporte, la evolución vivida a lo largo de los años. No estaba anclado en el pasado, ni mucho menos. Recuerdo cómo Iñaki Elorza, nuestro compañero de Euskadi Irratia, le presentó a Martínez de Irujo en el Beotibar. Juan se dirigió a él con el debido respeto y le confesó que sabía quién era Miguel Soroa, campeón manomanista y zaguero de primerísima fila. Le reconfortó.
Voy a contar una anécdota que muestra perfectamente la personalidad de Miguel. Con la buena educación que le caracterizaba, me pidió si sería capaz de rescatar una foto de él con la txapela de campeón manomanista. «No tengo ninguna guardada en casa y mi nieta me ha dicho que le haría ilusión ver esa imagen». Dada su antiguedad, no existía ninguna guardada en el archivo fotográfico y hubo que recurrir a la hemeroteca para conseguir el ejemplar de EL DIARIO VASCO del 18 de mayo de 1954. En la portada del periódico, Miguel Soroa aparecía con una pequeña boina calada en su cabeza. Nada que ver con las grandes txapelas que se entregan en la actualidad. Una txapela como para Miguel, humilde.
Si se hubieran repartido txapelas a la humildad en este mundo, Miguel habría recibido una docena. Ya se hubiera encargado él de ocultarlas en algún cajón para que no las encontrara nadie.
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