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RSS | ed. impresa | Regístrate | 6 julio 2009

Cultura

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Cincuenta años sin Ataúlfo Argenta
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Cincuenta años sin Ataúlfo Argenta
El director de orquesta Ataúlfo Argenta dirigió en muchas ocasiones al Orfeón Donostiarra. [FIRMA]
san sebastián. DV. Hace exactamente cincuenta años, el mundo de la música perdía a uno de sus mejores maestros, el director de orquesta Ataúlfo Argenta. Nacido en Castro Urdiales el 19 de noviembre de 1913, el maestro cántabro desarrolló una carrera internacional sin precedentes en España. Se formó en Madrid, Bélgica y Alemania y obtuvo la plaza de profesor de piano en Kassel (Alemania). De vuelta a España, se ganó la vida tocando en teatros y orquestas menores y, posteriormente, obtuvo una beca para seguir su formación en Alemania. Poco después, y alentado por su profesor Carl Schuricht, decidió dedicarse a la dirección. Fue en este campo donde desarrolló una carrera brillante que se vio truncada por su repentina muerte en Madrid en 1958.
Según recuerda su hijo, Fernando Argenta, «fue un fuera de serie como músico y tuvo que luchar muchísimo para continuar su carrera. De hecho, estuvo a punto de tirar la toalla como pianista, ya que vivió muchas dificultades. Le pilló la Guerra Civil española y tuvo que ganarse la vida tocando en sitios poco preparados, estuvo a punto de ser fusilado, cuando viajó a Alemania estalló la Segunda Guerra Mundial y pasó muchas penurias económicas, también contrajo el tifus... Fue una historia de novela, porque pasó por unas dificultades horrorosas».
El alma máter del programa Clásicos Populares recuerda a su padre «como una persona muy alegre, optimista y cariñosísimo con todos. Todavía me acuerdo de la época en la que pasamos penurias económicas y el ascenso día a día de la carrera de mi padre». En Fernando se unen los recuerdos personales y la admiración profesional. «Así como cuando tocaba el piano solía pasar nervios, cuando se subía al podio se le pasaba todo. Fue calificado como un director nato, le decían que dirigía con los gestos, con la mirada. Y es que ejercía un magnetismo total cuando dirigía, te hipnotizaba. No lo digo yo. Lo afirman músicos como Zubin Mehta o Nikolaus Harnoncourt, que tocaba el violoncello en la Orquesta Sinfónica de Viena cuando la dirigía mi padre».
Todas las fuentes indican que Ataúlfo Argenta era un músico extraordinario. «Era lo mejor que había de su generación, pero no le dio tiempo a demostrarlo. Él siempre decía que no tenía prisa y quizá, por eso, murió antes de cumplir un contrato en Norteamérica y tres meses antes de dirigir a la Filarmónica de Berlín. De hecho, habría sido un duro competidor de Karajan porque mi padre tenía tanta musicalidad como él y un repertorio más ecléctico; dirigía la música francesa como nadie, la alemana como si hubiera nacido allí, y no paró de grabar zarzuelas. Era un superdotado».
Fernando Argenta se ha dedicado toda su vida a la música, aunque en su caso impera la divulgación. «El hecho de que mi padre fuera director me influyó, claro, pero es lo normal. Si naces en casa de un torero, lo normal es que te guste ese mundo y lo mismo ocurre con el fútbol o la música. Para mí ha sido algo natural, porque vives todo tan intensamente que de alguna manera quieres parecerte a tu padre, que además, en mi caso, era muy cariñoso».
Muy unido al Orfeón
La relación de Fernando Argenta con San Sebastián, el Orfeón Donostiarra y la Quincena Musical se remonta a los tiempos de su padre, un maestro absolutamente vinculado al coro vasco. Ataúlfo Argenta tuvo una gran amistad con Juan Gorostidi, director del Orfeón y contó con el coro para muchos conciertos y grabaciones. El yerno del que fuera director del coro desde 1931 hasta 1968, Juan del Campo, recuerda esta relación. «El primer contacto que tuvieron mi suegro y Ataúlfo Argenta fue en 1946. Íbamos a hacer un concierto en el teatro Victoria Eugenia y Ataúlfo vino a ayudarnos a preparar los ensayos como pianista. A partir de entonces empezó una colaboración con el Orfeón que duraría más de una década».
Este zumaiarra, que pronto cumplirá 85 años, recuerda a Ataúlfo Argenta «como a un amigo. He conocido a su familia y me sé su biografía al dedillo. Hasta tenemos en casa la batuta del último concierto que dirigió en Madrid antes de morir, El Mesías de Haendel, en el que cantamos el Orfeón. El maestro estaba totalmente entregado al coro». Como prueba de la relación del maestro con el Orfeón, Juan del Campo lee lo que Gorostidi escribió cuando murió Argenta: «Te conocimos humano, artista y se inició una colaboración entrañable».

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