Real
ORGULLO EN LA BATALLA
Es el lema del Manchester City de Javi Garrido. El orgullo es un arma de doble filo. Una virtud, si sirve para apretar los dientes en busca de un objetivo, para defenderse ante las injusticias y reivindicarse. Un defecto si se utiliza para justificar el fracaso o no mirar al toro de frente.
La plantilla y Chris Coleman tenían una cuenta pendiente por saldar ayer en Anoeta. Es muy fácil criticar a este equipo, que se está partiendo la cara y, a falta de que juegue el Sporting, se encuentra a un punto del ascenso. Es sencillo articular cuatro palabras y asegurar que la plantilla no puede, que no da el nivel.
Es fácil, pero mucho más si el comentario se hace después de una derrota, como la de Salamanca. ¿Cuántas escopetas estaban, en el minuto 93, cargadas y dispuestas a disparar sobre Coleman por no convocar a Mérida? A esto se le llama ventajismo, sí, pero también echar piedras sobre nuestro propio tejado. El galés, mientras tanto, a lo suyo. Gran trabajo.
Lo que no es tan fácil es apostar por una plantilla de gente de casa que, pese a la falta de adaptación inicial, está arriba. Que muerde, pelea hasta el final, y resta crédito a los comentarios maliciosos sobre el césped. A base de casta, como debe ser. Tiene carencias, sí. Necesita retoques, claro. Su juego no pasará a los anales de la historia, vale. Pero estamos en Segunda, que no se nos olvide, y es ¿o era? el camino elegido. Y lo difícil, como dice el proverbio zen, no es conocer el camino, sino andarlo.
Este equipo está soportando la presión con maestría y madurez. El equipo podría lloriquear y bajar los brazos, no sería la primera vez en la historia del fútbol que ocurre en estas circunstancias, pero se debe al aficionado paciente, que sabe que si la Real compite a base de talonario, cuenta con todos los boletos para pasar al olvido tarde o temprano.
El fútbol es esto. Palmada cuando todo va bien y a guardarse las espaldas cuando van mal dadas. La camada de jóvenes que está dando el callo está aprendiendo latín. A ver quién es capaz de acusarles de inexpertos después de lo que están aprendiendo este año. Superbia in proelia, o lo que es lo mismo, orgullo en la batalla.
La plantilla y Chris Coleman tenían una cuenta pendiente por saldar ayer en Anoeta. Es muy fácil criticar a este equipo, que se está partiendo la cara y, a falta de que juegue el Sporting, se encuentra a un punto del ascenso. Es sencillo articular cuatro palabras y asegurar que la plantilla no puede, que no da el nivel.
Es fácil, pero mucho más si el comentario se hace después de una derrota, como la de Salamanca. ¿Cuántas escopetas estaban, en el minuto 93, cargadas y dispuestas a disparar sobre Coleman por no convocar a Mérida? A esto se le llama ventajismo, sí, pero también echar piedras sobre nuestro propio tejado. El galés, mientras tanto, a lo suyo. Gran trabajo.
Lo que no es tan fácil es apostar por una plantilla de gente de casa que, pese a la falta de adaptación inicial, está arriba. Que muerde, pelea hasta el final, y resta crédito a los comentarios maliciosos sobre el césped. A base de casta, como debe ser. Tiene carencias, sí. Necesita retoques, claro. Su juego no pasará a los anales de la historia, vale. Pero estamos en Segunda, que no se nos olvide, y es ¿o era? el camino elegido. Y lo difícil, como dice el proverbio zen, no es conocer el camino, sino andarlo.
Este equipo está soportando la presión con maestría y madurez. El equipo podría lloriquear y bajar los brazos, no sería la primera vez en la historia del fútbol que ocurre en estas circunstancias, pero se debe al aficionado paciente, que sabe que si la Real compite a base de talonario, cuenta con todos los boletos para pasar al olvido tarde o temprano.
El fútbol es esto. Palmada cuando todo va bien y a guardarse las espaldas cuando van mal dadas. La camada de jóvenes que está dando el callo está aprendiendo latín. A ver quién es capaz de acusarles de inexpertos después de lo que están aprendiendo este año. Superbia in proelia, o lo que es lo mismo, orgullo en la batalla.





