
- La discusión es hermosa, ¿verdad? Una disputa entre iguales, entre gentes apasionadas por la arqueología, la etnografía, la antropología. Se discute a la orilla del río que corre bajo la cueva.
- Sí, es un cruce soberbio de teorías. De hipótesis. De imaginarios. De elucubraciones. ¿Sabes? En principio, los arqueólogos no pueden imaginar. Se tienen que ceñir a los datos. Un poco como cuando yo ejerzo de químico. Una fórmula no tiene interpretación posible. Ni vuelta de hoja. Pero como amantes de la etnografía, de la antropología, otros muchos como yo podemos meternos en caminos y especulaciones en las que teorizamos con la misma materia de los sueños. Y en esas rutas nos encontramos con muchos arqueólogos que también se ponen a soñar.
- Situémonos: Se descubrió en Praileaitz un puñado magnífico de collares, colgantes, amuletos con forma venérea, lápices de ocre...
- Hallazgo único, gigantesco. No sólo por su calidad y belleza, sino porque la cueva está orientada al Norte.
- ¿Y?- Piénsalo bien: en esa época, en la época entre el Solutrense y el Magdalaniense, hace 18.000, 15.000 años, las temperaturas eran gélidas, heladoras. No se usaba entonces una cueva orientada al Norte como habitación. Eso implica que, si se han hallado allá tantas piezas, tanta joya es porque alguien iba y trabajaba en el lugar. Alguien liberado (¿liberada?) de las cargas de la procreación, la maternidad o la caza. Y si lo estaba, era porque mantenía otro status, uno muy alto, dentro del clan.
- ¿Cómo lo sabe? ¿Por qué se lo imagina así?
- Dentro de la economía y la distribución de tareas de aquellos homo sapiens primitivos (no eran neanderthales sino cromañones, nuestros ancestros), no se contemplaba que alguien pudiera vivir sin producir. La figura del artista loco no había nacido. A nadie se le permitiría ir a buscar piedras, cortarlas, pulirlas, labrarlas y pintarlas si no era en beneficio de la comunidad. Si no se le reconocía una categoría tan importante (o más) como la de cazador. O la de reproductora. Porque aquellos humanos sabían que el mundo suyo giraría mientras nacieran, se alimentaran y pudieran seguir vivos
- Muy lógico, por otra parte.
- Bien por cierto. Pero es que, además, daban una importancia suma al nacimiento. Podían vivir, podían alimentarse, pero si no se renovaba el clan, desaparecerían. Piensa que su vida era corta. A los 30 eran casi ancianos. 30 tendría el chamán, que era chamana, estoy seguro. Y a su cueva acudirían para, lo sé, que las embarazadas bien pariesen y el fruto de su vientre no muriera.
- ¿Y por qué habría de ser mujer ese chamán?
- Primero, por economía: no iban a perder un cazador así como así. Ni una hembra fértil. No dedicarían ni la fuerza bruta ni la reproductora a esa especie de sacerdocio. Segundo, por sabiduría. Tanto empírica como espiritual.
- ¿ Estamos insinuando que ya en el Magdalaniense las chicas éramos mucho más listas, sensibles y tal y cual que ustedes?
- Aparte de que seguro que sí, era la mujer quien tenía pleno conocimiento de lo que sucedía en su cuerpo. El hombre no se sentía padre. En aquel entonces no relacionaba su acto sexual con la criatura que nacía 9 meses después (bueno, ellos pensaban en lunas). El hombre tardó mucho en saberse padre. La mujer se supo siempre madre. Por lo tanto, sólo una mujer podría crear los ritos y pulir las piedras que asegurasen a la parturienta un buen parto. Una mujer que hubiera sido madre y a quien la suya le habría ayudado a parir, a conocer su cuerpo. Sus ciclos. En la discusión de lo que sois vosotras y nosotros no, es palpable, latente, que vosotras sois más cíclicas. Nuestros cuerpos no atraviesan periodos que se repiten. Y la percepción del ciclo es vital. Aquellos seres no se guiaban por el sol porque éste no se altera en su curso. La luna, sin embargo, es cambiante y les resultaba fácil fijarse en sus fases para contar el paso del tiempo, de la vida.
- ¿La chamana no protegía a los hombres que iban a la caza?
- Los ritos de caza son otra historia. Aquí se trata de propiciar el buen nacer. Y, acaso, el buen morir. Son ritos de fertilidad, de fecundidad. Tal vez algunos amuletos sirvieran incluso para identificarse como miembros del clan. Acaso acudieran de muchas partes para ser recibidos por la chamana. Para ser protegidos. Y reconocidos. Diríamos entonces que Praileaitz sería un templo donde ella repartía los colgantes. Y a través suyo, seguridad.








