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El último preso de Sidi Ifni
Alfonso Carlos Alsúa vive en Irun con su esposa. En su vivienda guarda testimonios de hace ahora cincuenta años, cuando cayó preso en la guerra de Sidi Ifni, que enfrentó a España con Marruecos
28.12.07 -
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El último preso de Sidi Ifni
SAN SEBASTIÁN. DV. «Nota del Ministerio del Ejército» titulaba a una columna El DIARIO VASCO el miércoles 27 de noviembre de 1957, en primera página. «Hace ya algunos meses, la paz y el orden en nuestros territorios de Sidi Ifni y Sahara vienen siendo alterados por la presencia en las inmediaciones de sus fronteras con el territorio marroquí, de bandas armadas del llamado Ejército de Liberación...», seguía con una prosa de la época. Comenzaba así la guerra de Sidi Ifni, otro enfrentamiento entre Marruecos y España que comenzó oficialmente el 23 de noviembre de 1957. El reino alahuita de Mohamed V reivindicaba a Franco los territorios costeros del sur marroquí colonizado por España hace dos siglos. Miles de soldados de reemplazo fueron destinados a Sidi Ifni, la capital de aquella provincia, y los alrededores para frenar las acometidas de los marroquíes armados. Entre ellos, muchos guipuzcoanos.

Carlos Alsua vive en Irun. Nació en Pamplona pero lleva más de cuatro décadas viviendo en la ciudad fronteriza. Él tiene un imborrable mal recuerdo de aquel conflicto que hoy cumple medio siglo en medio del olvido institucional. Será que el Gobierno español quiere pasar en silencio por esta lucha histórica, tal y como están de heladas ahora las relaciones con el vecino marroquí.

«Aquel es un pequeño territorio en el Sahara», describe con una portentosa memoria este jubilado irunés. Marruecos reclamaba la independencia de los protectorados a la Francia de De Gaulle y a la España de Franco. «Era marzo del año 1957 cuando me llamaron a filas y en junio ya estaba de policía del ejercito en Sidi Ifni». Le destinan al campamento de Tagraga. Nada más llegar al puesto de vigilancia, a 40 kilómetros, «hubo un ataque», recuerda. «No eran soldados uniformados, sino bereberes. Pero luego con el tiempo hemos comprobado que se trataba del ejército disfrazado como las tribus de la zona porque todo el armamento era del ejército marroquí, armado por España... ¿y mejor que el nuestro!», clama. Cada puesto contaba con quince policías, que debían dar la voz de alarma y defender su posición rodeados de dunas y desierto. Atentados y acosos continuos hasta que en agosto «cortaron una línea de teléfono. Fuimos varios policías para proteger su reparación», recuerda.

Prisionero

Cómo recuerda de nítida la fecha del comienzo de las hostilidades oficialmente: 23 de noviembre de 1957. Ya se lo esperaban tras meses de asaltos. «Atacaron todos juntos». Eran 2.800 soldados españoles, «contra 10.000-12.000 moros». En ese momento no piensan en las reivindicaciones de tierras por parte marroquí sino en defenderse de los ataques. Su grupo adelantado de vigilancia fue de los primeros en ser atacados. «Nos metimos en una casa de adobe para defender el paso hacia Sidi Ifni. Pero los marroquíes nos disparaban con morteros. Hasta que cayó el techo, luego toda la casa y nos hicieron prisioneros a los nueve. Vino un oficial en un jeep con bandera blanca a decirnos que nos llevaba al cónsul de Agadir. Estábamos solos y nos fuimos con él». En la población de Tabelcut. En la frontera.

Iba armado con un fusil «naranjero» que se lo quitaron. «Nos habían mentido». Les metieron en un autobús, «atados al asiento con cuerdas por el cuello, las muñecas y los pies». Horas de viaje por aquellas carreteras de polvo cruzando las montañas hasta llegar a un campamento del ejército marroquí en Mirleb. «Estuvimos seis meses encerrados sin ver el sol. Nos pegaban sin motivo. Nos hacían ponernos de puntillas junto a una pared con la cabeza apoyada. Cuando te caías, te golpeaban con la culata del fusil o a patadas. O te quitaban pelos del pubis y te los metían en la boca». Comían sólo nabos «y bebíamos una agua sucia caliente por la noche». Les obligaban a cavar en el suelo. «Nos apuntaban con las armas haciendo con la boca ¿pum! para asustarnos». No llegaron a matar a ninguno, «pero hirieron a uno en una pierna con una bala que dijeron perdida».

A los seis meses les trasladaron a otro puesto. «No nos pegaban ya. Nos daban algo de comer y llegaron más prisioneros». Así no sólo hasta que finalizó la guerra, en junio de 1958, «sino varios meses más hasta mayo del 59». Cuenta Alsúa: «García Guerra, un corso, viajó con Mohamed V a Córcega, donde fue liberado porque era francés y Marruecos quería congraciarse con Francia. Allí contó a los medios informativos que aún había soldados españoles prisioneros, a pesar de que la guerra había acabado». Las declaraciones llegaron hasta Madrid y allí se gestionó su liberación cuando la prensa se hizo eco del caso.

No recuerda que hubiese oficiales prisioneros pero sí que su máximo responsable, el teniente Felipe Soto Fernández, de Zaragoza, llegó a general. décadas después. En esta guerra silenciada por Franco, murieron 300 soldados y otros 500 fueron heridos. Todos de reemplazo.

La liberación

Antes de que llegara el día de su liberación, recuerda Alsúa -nada que ver con los magníficos futbolistas iruneses- «nos dieron para comer carne podrida. Nos negamos y nos pegaron». Pero reconoce que el trato fue normal. «El día que nos liberaron era el 6 de mayo de 1959. Nos llevaron a un puesto y nos dieron una maleta vacía. No sabíamos qué pasaba, pero imaginamos que nos liberaban. Nos dijeron de ponernos un traje, de los cientos que había. Nos los probamos y nos llevaron en autobús a Rabat». Eran 40 y no les dijeron nada. «Nos metieron al palacio del rey. Nos dijeron que estuviésemos callados y firmes. Nos pusieron por filas. Llegó Mohamed V con su hijo Hassan y otras autoridades, como el embajador español. El rey nos dio la mano, sin hablar con nadie».

Después se los llevó el embajador, se fueron a cenar y al día siguiente viajaron hasta Ceuta, de allí a la península, a Algeciras, a Madrid y desde la capital a sus respectivas casas. «A los meses nos llegó una encuesta del Ministerio del Ejército a ver qué tal nos habían tratado. Pero nunca nos preguntaron personalmente qué nos había pasado». Ahora, 50 años después, sí que se lo preguntan los de CiU «recordando el cincuentenario» y reclamando un reconocimiento económico.

Tan poco les reconocieron su sacrificio como prisioneros. Cuando Carlos Alsua dejó de pasar la revisión de su cartilla militar al año siguiente porque se fue a Francia a trabajar en la construcción, la Guardia Civil le multó con 250 pesetas de primeros de la década de los sesenta cuando volvió para afincarse en Irun.

Hoy vive feliz con su mujer en la ciudad irunesa y guarda carpetas de recuerdos de su paso por la guerra de Sidi Ifni que apenas la vivió pero la padeció como prisionero de los marroquíes. «He vuelto como turista hasta Agadir y no me ha apetecido seguir más abajo, hacia donde estábamos», susurra.

Sí en cambio entró a visitar el palacio donde les despidieron el día de su liberación. Todo ello además lo ha recogido y contado en su página web www.alsuayelsahara.visitame.es
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