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Corazón de ida y vuelta
Una norteamericana visita en Eskoriatza a la familia del joven que le donó su corazón tras morir en Reno (Nevada)
11.12.07 -
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SAN SEBASTIÁN. DV. «Ha sido muy emocionante». Lo dice una madre de Eskoriatza que perdió a su hijo Gaizka hace cuatro años, atropellado en Reno (Nevada, Estados Unidos) y cuyo corazón sigue latiendo en el pecho de Mary DiMaggio, una californiana de 63 años que ayer abrazó a los padres del donante, José Mari y Arantza, en su propio domicilio. Ella le quiere quitar la parte emotiva para que los sentimientos del encuentro queden en la intimidad. Se citaron, comieron juntos, luego fueron a charlar al piso de los Larrañaga Argárate y finalmente el matrimonio y toda su familia acudió a cenar con la norteamericana y sus amigos de origen colombiano, Hugo y Consuelo, que les han servido de intérprtes.

«Te puedes imaginar los sentimientos que han aflorado», resume Arantza. No sabe cómo DiMaggio pudo conocer la identidad del donante «porque aquí es anónimo, pero en Estados Unidos se ve que es posible conocer quién dona un órgano», comenta con cierta sorpresa. Pero esa falta de anonimato le ha permitido ver a la persona que vive gracias al corazón de su hijo fallecido y todo lo que supone eso para una madre.

La historia comienza a final de curso de 2003. Gaizka había terminado sus estudios de Filosofía en Madrid. Quería hacer el doctorado «y eligió, no sé por qué, ir a Reno, porque le apetecía salir al extranjero». Allí hay una importante colonia vasca y su universidad enseña euskera como asignatura opcional. Un día de agosto que Gaizka circulaba en bicicleta fue atropellado por una mujer que no estaba en plenas facultades. Donó varios órganos y el corazón fue para Mary DiMaggio. «Nos ha dicho que cuando se recuperó tuvo interés en saber quién era el donante. Cuando lo supo, quiso venir a ver el lugar donde nació Gaizka y conocer a su familia. Nos llamó por teléfono, luego nos escribió una carta». Le contestaron que viniera. «Nosotros hubiésemos querido que esta reunión hubiese sido privada, pero los medios de información se han interesado mucho». Reconoce que la actitud de la receptora del corazón de su único hijo -tiene cuatro hijas más: Lorea, Igone, Goizane y Nagore- «es ejemplar. Tiene mérito venir desde tan lejos».

Los padres le han regalado de recuerdo «una cosa personal de Gaizka» mientras que la receptora les ha asegurado que les enviará «alguna cosa también particular para que la guardemos de recuerdo». Mary les ha invitado a su casa a California, «pero lo estamos pensando, porque es un viaje muy largo».

Parte de la familia

En una habitación del hotel charlan amigablemente Mary y José Mari, con la traducción de otro suramericano. Consuelo le traslada a Mary nuestra pregunta de cómo se siente. Con una voz fresca y suave responde que «maravillosamente bien. Me siento muy emocionada, más que contenta de haber podido disfrutar, de conocer a la familia del donante, una oportunidad que casi nadie tiene». Es probable que haya desde ahora una afectividad familiar. Mary es rotunda: «Desde luego. Yo siento a José Mari y Arantza como parte de mi familia. Los Larrañaga también me dicen que yo soy de su propia familia». Todos los presentes están emocionados con estas palabras. El nudo de la garganta se desata cuando todos hablan de turismo: Madrid, París y regreso.

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