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RSS | ed. impresa | Regístrate | 3 diciembre 2008

Política

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Los últimos minutos de Raúl y Fernando
El azar llevó a los dos guardias civiles asesinados a cruzarse en una solitaria cafetería de Capbreton con los tres miembros de ETA que acabaron con su vida

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Los últimos minutos de Raúl y Fernando
Imagen de la cafetería desde un automóvil, en el mismo parking donde fue el atentado. [BERNARDO CORRAL]
CAPBRETON. DV. El miércoles por la mañana, apenas tres horas antes de que el guardia civil Fernando Trapero falleciera en el hospital de Bayona, la cafetería Ecureuils estaba vacía y apenas algún jubilado entraba a tomarse un vino. El agente murió a las 12.34, en el momento en el que se sabía que sus presuntos asesinos habían sido arrestados en la provincia de Lozère. «Aunque no ha tenido ninguna posibilidad desde que le dispararon, mi hijo se ha mantenido con vida hasta que los han detenido», aseguró el padre. Al conocer el fallecimiento, los compañeros de Trapero volvieron a la cafetería y colocaron una tarjeta de recuerdo en el aparcamiento. En el lugar donde le mataron a él y a Raúl Centeno ya había dos pequeños ramos de flores.

La tragedia se había fraguado en este local amplio, frente a una rotonda que une los pueblecitos turísticos de Capbreton y Hossegor. El anuncio de la cafetería es una ardilla (nombre en francés del establecimiento). Es uno de esos locales pensados para los veraneantes que en invierno parece solitario y fantasmal. El primer atentado de ETA en Francia contra las fuerzas de seguridad españolas se preparó en sus mesas -vacías a primera hora de la mañana- y en un parking.

Todo el atentado está rodeado de incógnitas que en algunos casos tienen que ver con los secretos de la clandestinidad y en otros con el factor humano, con las decisiones que se toman en un segundo, sin pensar. El ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, aseguró el jueves que la detención de Saioa Sánchez y Asier Bengoa «permitirá saber qué sucedió en los minutos previos al atentado». Pero habrá detalles que quizás nunca se sepan.

¿Por qué los guardias civiles acudieron a esa cafetería? A menos de doscientos metros hay otro bar al que podían haber entrado y no se habrían cruzado con los etarras. Pero este segundo bar, situado junto a una tienda de electrodomésticos, no tiene parking. Probablemente, por ese detalle eligieron Ecureuils.

Los etarras ya estaban en el interior del local. Dos hombres y una mujer sentados en una amplia mesa, con vistas al aparcamiento y a las dos únicas entradas de la cafetería. De las más de cuarenta mesas que hay repartidas en todo el local, Fernando Trapero y Raúl Centeno eligieron los dos sillones situados a menos de un metro de dos hombres y una mujer. El resto de mesas estaban libres, tenían decenas de sillas para elegir. ¿Por qué escogieron la que estaba situada junto a la de sus asesinos? ¿Quizás querían ellos vigilar también las dos puertas de acceso mientras tomaban su café?

Los etarras venían de entrenarse para matar. Según los efectos encontrados en su coche, en los últimos días habían disparado 142 balas contra una diana improvisada que también ha aparecido en un coche robado que conducían los etarras. Una de las carreteras que sale de la rotonda de la cafetería conduce casi en línea recta a los bosques de las Landas en los que habitualmente realizan prácticas de tiro los miembros de ETA. Los terroristas tenían tres armas: un revólver Magnum 357, una pistola semiautomática del calibre 9 milímetros parabellum y una tercera -al parecer del calibre 45-, con la que Fernando y Raúl fueron asesinados. ¿Qué hacían en la cafetería? ¿Esperaban una cita con alguien que les diese las últimas órdenes o ya las habían recibido? Mientras tomaban su desayuno vieron a dos jóvenes llegar a su lado.

Sonidos

Raúl y Fernando se sentaron bajo un cuadro de una pequeña flota pesquera, en unos butacones de plástico rosa, pasados de moda. El asiento que no ocuparon tiene un roto que deja ver el relleno y sobre él cuelga la foto de un surfista a punto de ser atrapado por la cresta de una ola. Las fuerzas de seguridad creen que los dos guardias dijeron en castellano alguna frase que puso en alerta a los etarras. Aunque no ha trascendido de forma oficial cuál era su misión, distintas fuentes han señalado que la Guardia Civil y los Renseignements Généraux se encontraban en Capbreton porque allí habían sido vistos recientemente miembros del aparato militar de la organización, de manera especial, Garikoitz Aspiazu, Txeroki. Distintas fuentes han señalado que Raúl y Fernando habían hecho un alto para tomar un café dentro de la operación de vigilancia. Siguiendo las reglas básicas de ese tipo de operativos, se habían alejado de la zona caliente para no molestar a sus compañeros.

En la cafetería vacía se escuchan todos los sonidos. A las nueve de la mañana apenas hay tráfico en el exterior. Dentro no hay ninguna radio encendida o un aparato de televisión. Saioa Sánchez es una etarra que lleva huyendo desde finales de 2006. El zulo de Amorebieta en el que ella y sus cómplices preparaban la bomba que debía romper la tregua de ETA fue descubierto de manera casual el 23 de diciembre. Dos de sus compañeros de comando fueron arrestados y ella tuvo que pasar más de quince días durmiendo en portales y en el monte antes de conseguir llegar a Francia. En agosto, su compañero de talde, Aritz Arginzoniz, fue arrestado pocos días después de que cruzase la frontera para preparar un atentado en Santander. En noviembre se reunió con los dos miembros del comando Bizkaia que días más tarde serían identificados por las Fuerzas de Seguridad. Ella, de 26 años, representa la nueva generación de ETA, inexperta, sin apenas preparación y muy radicalizada. Asier Bengoa, su acompañante, tiene 31 años ha entrado dos veces en prisión y fue procesado por enviar a la cúpula de la organización datos para matar a un guardia civil. Se los proporcionó su novia, que cuidaba al padre de un agente del instituto armado. La identidad del tercer etarra que escuchaba la conversación de los guardias civiles es otro de los enigmas del atentado.

No huyeron, se quedaron

Los terroristas salieron primero de la cafetería y se quedaron en el parking para esperar a los dos hombres. En ese momento podían creer que se trataba de guardias civiles, pero no tenían ninguna confirmación de sus sospechas. En el aparcamiento hay una cámara de vídeo pero enfoca a la cercana gasolinera y a la fachada del supermercado Leclerc, situado a 500 metros. El sábado del atentado era un día gris y lluvioso, sin apenas gente por las estrechas aceras. Una de las incógnitas del atentado es saber por qué los etarras decidieron no huir, como es habitual ante la sospecha de que han podido ser detectados. ¿Por qué eligieron quedarse?

Los instantes del asesinato son muy confusos, con testigos que vieron los hechos de pasada y escucharon palabras que no entendieron. Según una primera reconstrucción, los etarras esperaron a que Fernando y Raúl salieran de la cafetería y les encañonaron cuando iban a entrar en su automóvil, un Peugeot 405 con matrícula del Ministerio del Interior galo. La joven se quedó en la puerta derecha, encañonando a Trapero, mientras que Asier Bengoa estaba en la izquierda, amenazando con su pistola a Centeno.

El tercer etarra abrió el maletero en busca de datos que les permitieran aclarar si se encontraban ante dos turistas españoles o ante dos policías. Los guardias civiles no iban armados y, al parecer tampoco llevaban encima ningún documento que les identificase como policías. Sus carnés oficiales estaban en el maletero.

Asiento trasero

Cuando el tercer etarra comprobó que eran guardias civiles gritó algo a sus compañeros y después se sentó dentro del coche, en el asiento trasero. Su suerte ya estaba escrita. Les dispararon frente a la cafetería, delante del neón del establecimiento y ante la terraza vacía. Aunque la Fiscalía francesa ha acusado a Saioa Sánchez de ser la autora de los disparos, las fuerzas de seguridad españolas mantienen dudas sobre esa descripción de los hechos. Además, el arma que portaba Sánchez en el momento de su arresto no coincide con la que realizó los disparos en Capbreton.

Fue un asesinato a sangre fría. Nadie escuchó los disparos ni vio nada extraño en el parking, según los dueños del establecimiento. Raúl falleció en el acto y cayó sobre el volante. Fernando quedó tendido a su lado, agonizante. Así los encontró un vecino que entró corriendo a la cafetería a pedir auxilio. Un trabajador de ambulancias que acababa de pedir un café fue el primero en acercarse. El corazón de Fernando no paró de latir hasta que dos de sus presuntos asesinos fueron capturados.
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