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RSS | ed. impresa | Regístrate | 30 agosto 2008

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Elay, una experiencia pionera que ha basado su éxito en el «compromiso compartido»
Fue una de las primeras empresas en formular su propia política lingüística En la actualidad, el 90% de su actividad se desarrolla en euskera
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ANTZUOLA. DV. En Elay la calidad importa. No lo dicen ellos, lo atestiguan los numerosos certificados que reciben al visitante en la sede de la empresa, en Antzuola. Entre ellos -imprescindibles en un sector tan exigente como el de la automoción, y más aún para una empresa que exporta el 60% de su producción- no faltan documentos que acreditan que también en materia de normalización lingüística se han destacado. Por ejemplo, el premio Abbadia que les concedió la Diputación en 2003 en reconocimiento a su aportación al euskera, o el certificado Bai Euskarari que garantiza que «en esta empresa se trabaja y se da servicio en euskera».

Elay fue una de las primeras empresas en poner en marcha lo que más tarde se llamaría un Plan de Euskera. Inicialmente, a finales de la década de los ochenta, la iniciativa surgió de una intuición: los trabajadores que entre ellos hablaban en euskera «ante cualquier cuestión técnica tenían que pasar al castellano. El euskera era lengua de comunicación, pero no tenía una plasmación suficiente en el trabajo. Nos pareció que la variable lingüística era importante a la hora de establecer la convivencia dentro del taller», recuerda Anaje Narbaiza, que ha vivido el proceso desde sus primeros compases. «La base de la empresa es su capital humano, y es importante que las personas se desarrollen en base a los fundamentos lingüísticos», apunta.

Pese a estar enclavada en un entorno mayoritariamente euskaldun, la realidad lingüística de la empresa no distaba mucho de la que corresponde a muchas zonas de Gipuzkoa: el 65% de los trabajadores eran euskaldunes, aunque sólo una pequeña proporción estaba alfabetizada, y el 35% restante apenas entendía el euskera.

Aquellas primeras intuiciones, orientadas a «dar a la lengua el valor que tenía» y asumidas por la dirección, trajeron en 1992 el primer Plan de Euskera -previsto para un trienio y diseñado e implantado con el asesoramiento de Elhuyar-, que se centró en incrementar el conocimiento del euskera. «La dirección fue valiente, y cuando vió que los trabajadores estaban dispuestos a hacer el esfuerzo, asumió el compromiso de hacer frente a los gastos». El esfuerzo de los trabajadores no fue anecdótico: cada día dedicaban dos horas, fuera del horario laboral, a mejorar el euskera que sabían o a aprenderlo. La empresa financiaba parte del coste mediante una beca. «Los verdaderos protagonistas del cambio han sido los trabajadores. Y también la empresa, que se ha implicado a fondo»

Respetar los ritmos

«Un pequeño porcentaje de trabajadores decidió no participar en el proyecto, y se respetó su opción. A nadie se la ha obligado a nada, la participación en todo el proceso ha sido voluntaria». Otro aspecto importante ha sido «establecer objetivos y plazos personalizados, explicar las cosas con mucha claridad y respetar a cada uno su ritmo». Se trataba, además, «de no aprender por aprender, de ir utilizando lo que se iba aprendiendo». Así, el propio taller y las relaciones entre los trabajadores se convirtieron en la verdadera sede de la experiencia, «una experiencia de la que todos estamos aprendiendo mucho y cuyo éxito se ha debido al compromiso compartido».

Otros hitos han ido marcando el camino recorrido por Elay. En 1996 se recogieron y sistematizaron todas las medidas que se habían ido implantando, sirviéndose del modelo utilizado para la obtención del primer certificado ISO, y en 1998 se aprobaron y entraron en vigor los criterios y procedimientos del uso de la lengua en Elay; es decir, su política lingüistica. En la actualidad, se encuentran inmersos en un proceso en el que, una vez más, son pioneros. Elay está integrando todos sus sistemas de gestión en un único sistema, del que formará parte sustancial la política lingüística.

«Estamos empezando a creer que esto funciona, pero todavía queda mucho por hacer». De momento, el 90% de la actividad de la empresa se desarrolla en euskera, y el 10% restante queda pendiente en la medida en que depende del entorno. De cara al futuro se están planteando precisamente la posibilidad de tratar de incidir, desde su experiencia, en ese «factor exterior». El balance, satisfactorio. «A pesar del tiempo que ha transcurrido, se mantiene el entusiasmo porque vemos que se han ido cumpliendo los objetivos y las metas». Hay quien lo ha intentado pero no lo ha conseguido, pero también esa experiencia se ha vivido con naturalidad. Y apostar por el euskera no ha ido en detrimento del desarrollo de la empresa: «Si de alguna manera ha afectado, es positivamente, porque nos ha dado más cohesión y, además, respetar al euskera nos ha enseñado a respetar a otras lenguas, lo que nos ha ayudado en las relaciones con nuestros clientes».

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