
EL LIBRO
Allí, en los años sesenta, conoció la política y a su primera mujer. A los 18 años, Follet tenía su primer hijo, un hecho que, según sus confesiones, no fue en absoluto traumático para él. Dos años tarde se licenció y se metió en un curso de periodismo para graduados impartido por una cadena de periódicos británicas. Al acabar, le madaron a un pequeño diario de Gales en calidad de bombero, el periodista que en la jerga inglesa toca el tema que le cae en ese día, probablemente muy distinto al del anterior. De aquella época recuerda sus entrevistas con Led Zeppelin y Stevie Wonder.
En 1973 regresa a Londres para trabajar en el Evening Standard y con la intención de convertirse en un periodista de investigación pero nadie le da esa oportunidad y empieza a escribir novelas que apenas se venden.
Su encuentro con el agente literario Al Zueckerman tuvo un decisivo efecto en su carrera. Él le dijo que a sus personajes les faltaba profundidad: nunca en sus obras se decía nada de su infancia, de su padres o de sus parejas anteriores. Así, añadía Zuckerman, es imposible que el lector se identifique con ella.
El primer best-seller de Follet fue El ojo de la aguja. Su éxito en EE UU le permitió aventurarse a vivir de la literatura, como el libro se seguía vendiendo -ha llegado a los diez millones de copias-, se compró una casa cerca de Niza, en el sur de Francia, uno de sus sitios preferidos, a la que se fue vivir durante tres años, hasta que volvió a Londres porque echaba de menos la ciudad.
A Follet, que ha vendido 90 millones de ejemplares de sus libros, le siguió yendo bien, pero la publicación en 1989 de Los pilares de la tierra, su primera incursión en el género histórico, rompió todas las previsiones. Ahora vuelve a las catedrales. En ellas está el milagro de su éxito.





