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RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 20 abril 2014

San Sebastián

LA CALLE DE LA MEMORIA
1945 Las largas túnicas del Coro Maitea
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1945 Las largas túnicas del Coro Maitea
María Teresa Hernández, entre las componentes del Coro Maitea.
En la calle de la Memoria de ayer, al recordar la celebración de la festividad de Santa Cecilia de 1947, mencionábamos a las fuerzas musicales donostiarras de la época. Y allí, entre el Orfeón Donostiarra y el Coro Easo, estaba, cómo no, el Coro Maitea.

Hemos sentido ganas de evocar la historia del Maitea, el coro femenino de referencia en San Sebastián durante décadas. El coro fue, además de un punto de encuentro para espléndidas voces blancas, la obra personal de una mujer irunesa, sensible para el canto y emprendedora como pocas, rebelde y con las ideas claras, María Teresa Hernández.

Ignacio Pérez-Arregui Fort escribió de ella así hace doce años en el libro El Coro Maitea, medio siglo de Arte: «Hay seres privilegiados que nacen vocacionalmente ordenados. María Teresa Hernández Usobiaga lo fue para la música, su vida, pasión y razón de ser. El primero en descubrir sus cualidades fue el maestro Esnaola, cuando director, entonces, del Orfeón Donostiarra recibió a aquella joven irunesa, nacida un 28 de enero de 1885. Muy pronto destacó entre sus discípulos por su carácter, por el timbre poderoso de su voz de mezzosoprano y por su arte también fuerte en la dicción».

A lo largo de los años veinte, dentro del Orfeón y como solista, María Teresa desarrolló una elogiada carrera vocal, en San Sebastián pero también en Lisboa o París. Parecía llamada a destacar como intérprete, pero en 1929 cambió de rumbo. Obtuvo la cátedra de Canto en la Academia de Música de San Sebastián y decidió dedicarse con pasión a la docencia. Después, ya en 1945, cumpliría su sueño de crear un coro de voces blancas con sus discípulas.

Las componentes del Coro Maitea, las 'maiteas', como se les conoció, eran inconfundibles. No sólo por la calidad de sus voces sino por su aspecto, siempre con largas túnicas blancas. La directora aborrecía las rodillas, de las que solía decir que «son lo más feo del cuerpo de la mujer, no hay ninguna rodilla bonita».

Las túnicas hasta el suelo escondían un secreto que desveló Pérez-Arregui: «En la exquisitez de María Teresa buscando estética en el Coro, dispuso que las altas salieran al escenario con zapatilla plana, para no hacerse más altas, y en cambio que las pequeñitas de estatura lo hicieran con grandes tacones. Las túnicas al caer ampliamente sobre el suelo ocultaban los zapatos».
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