A juicio de Guerrero, una vocación es «un milagro que rompe la cadena de los hechos cotidianos. Es milagro que uno lo sienta, con la cantidad de ruidos que hay; que uno siga la pista y, una vez que has dado el paso, seguir adelante sigue siendo un milagro».
Aunque en el noviciado hay muchos momentos de recogimiento, «aquí no vivimos encerrados», asegura. «Nos relacionamos con universitarios, con la gente del colegio y con personas que viven la vida de manera distinta y que tienen otras claves y otros códigos».
Se trata, dice, «de ir descubriendo lo que vale la pena. El tesoro que hay escondido».
Los momentos de estudio e introspección conviven estos dos años de noviciado con otros de relación con el exterior. El verano es tiempo de ayuda en distintos hospitales o con grupos de personas en situación social de marginación. O de peregrinaje. Durante un mes, dos o tres novicios recorren determinados puntos de la geografía sin dinero. ¿No entraña riesgos? «Nunca hemos tenido ningún problema», explica Guerrero. «El objetivo es acostumbrarse a mal comer y mal dormir y sobre todo, a poner toda la confianza en Dios». Puede ser un mes de peregrinaje o de trabajo en un invernadero junto con emigrantes. En este caso pueden vivir de lo que ganan. Pero no guardan dinero. Lo que les sobra lo entregan para cubrir necesidad que hayan descubierto. «No nos presentamos como jesuitas y la gente se porta muy bien con nosotros. A los chicos nunca les ha faltado nada. Es siempre una experiencia muy rica y nos encontramos casos de personas de una bondad extraordinaria».















