También se queda con Segundo Llorente, misionero en Alaska. «Me impresiona mucho que en una vida en soledad y apartada de toda su cultura, pudiera hablar de la figura de Cristo a gente que nunca había oído hablar de él y muchos se convertían».
¿Y la figura de Pedro Arrupe? «Cuando yo entré en la Compañía, él era todavía general de la misma, aunque ya estaba enfermo», recuerda Juan Antonio Guerrero. «A mí lo que me llama la atención es la pasión con que viven su vida, con amor a Cristo y amor al prójimo», explica Luis Martínez. «Por ejemplo, el padre Arrupe, que se encuentra de maestro de novicios en Japón, después de haberlas pasado canutas para conocer el idioma, meterse en aquella cultura, llegar a la gente. Cae una bomba atómica a unos pocos kilómetros del noviciado. Y él, lo que hace es montar un hospital y ponerse a curar a todos los enfermos que puede. No huye. Podría haberse ido. Hubiera estado justificado. Da igual el mal que pueda haber. Es tal su apasionamiento por Cristo, que sacan todo lo bueno que hay en ellos. Se trata de darlo todo por los demás. Hasta el final, desgastándose. Arrupe vivió un montón de experiencias dolorosas. Y en todas siempre supo buscar a Dios, lo mejor, el 'magis', que decimos los jesuitas».
A juicio de Daniel Cuesta, entrar en una orden religiosa u otra, no es algo casual. «A mí me llamó mucho la atención la vida de Ignacio de Loyola, que supo compaginar la vida de oración intensa con la actuación en este mundo».
También destaca Daniel Cuesta la figura de Alonso Rodríguez, un santo jesuita que pasó su vida en la portería de un colegio de Mallorca, atendiendo con mucho amor a todo el que llegaba».









