TENDENCIAS
Los laboratorios culturales
Bernat Soria, médico, investigador y actual ministro de Sanidad, ha propuesto que el Gobierno establezca como objetivo la protección de los estudios y ensayos independientes que la industria farmacéutica no aborda porque, por diferentes razones, no están entre sus intereses empresariales.
Cuando era director de Arteleku, para explicar de manera gráfica en qué consistía el proyecto cultural de la Diputación Foral de Gipuzkoa, en diferentes ocasiones, lo comparaba con los laboratorios de investigación médica. En ese atrevido paralelismo, Arteleku sería a las galerías y museos lo que los laboratorios a las farmacias, lugares donde se comercializan y socializan las experiencias contrastadas en los espacios de investigación. En los primeros se trabaja incluyendo la posibilidad del error o el fracaso y en los segundos con la seguridad y la garantía del acierto inequívoco.
Las relaciones entre mercado e iniciativa pública siempre han sido interdependientes y confusas. Sin embargo, la dificultad para establecer límites entre los dos ámbitos no debe borrar las diferencias, obligaciones y responsabilidades que les corresponden. Del mismo modo que la iniciativa privada no asume determinados riesgos experimentales, la actuación de la administración pública no debería invadir, de manera indiscriminada, el campo de los negocios empresariales. Sin embargo, una gran parte de los recursos públicos se destina al fomento de determinadas formas de cultura que, de una manera natural, deberían ser asumidas por empresas privadas, sin menoscabo de que algunas pudieran tener también el apoyo subsidiario del Estado. Me vienen a la cabeza los innumerables conciertos de la factoría Operación Triunfo y compañía que programan muchos ayuntamientos.
Si tenemos en cuenta las necesidades de determinados sectores públicos vinculados con la educación y la cultura, muchos de ellos precarizados, se deberían establecer con más ponderación los objetivos que, en primera instancia, son prioritarios para el sector público.
Nadie puede vivir de espaldas a la realidad económica y, por ende, al mercado, pero algunos pensamos que no todo es mercancía y que el arte u otras formas de producción simbólicas también generan propuestas inéditas que el mercado no puede o no quiere absorber. La historia del arte está llena de ejemplos de artistas que nunca imaginaron su obra como mercancía sino como experiencia, que no pensaron su trabajo como objeto intercambiable en claves comerciales sino como vivencia performativa efímera, inclasificable.
En esa carrera entre negocio y creatividad hay un gran campo de posibilidades que debe quedar abierto. En cualquier caso, no se puede cancelar el espacio de la experimentación y de la emergencia que nos permita la posibilidad del extrañamiento, como lugar para lo desconocido y lo regenerador, para la invención de nuevos procesos de vida que modifiquen los códigos y los lenguajes impuestos por la costumbre y la rutina. En definitiva para la construcción de futuro.
Cuando era director de Arteleku, para explicar de manera gráfica en qué consistía el proyecto cultural de la Diputación Foral de Gipuzkoa, en diferentes ocasiones, lo comparaba con los laboratorios de investigación médica. En ese atrevido paralelismo, Arteleku sería a las galerías y museos lo que los laboratorios a las farmacias, lugares donde se comercializan y socializan las experiencias contrastadas en los espacios de investigación. En los primeros se trabaja incluyendo la posibilidad del error o el fracaso y en los segundos con la seguridad y la garantía del acierto inequívoco.
Las relaciones entre mercado e iniciativa pública siempre han sido interdependientes y confusas. Sin embargo, la dificultad para establecer límites entre los dos ámbitos no debe borrar las diferencias, obligaciones y responsabilidades que les corresponden. Del mismo modo que la iniciativa privada no asume determinados riesgos experimentales, la actuación de la administración pública no debería invadir, de manera indiscriminada, el campo de los negocios empresariales. Sin embargo, una gran parte de los recursos públicos se destina al fomento de determinadas formas de cultura que, de una manera natural, deberían ser asumidas por empresas privadas, sin menoscabo de que algunas pudieran tener también el apoyo subsidiario del Estado. Me vienen a la cabeza los innumerables conciertos de la factoría Operación Triunfo y compañía que programan muchos ayuntamientos.
Si tenemos en cuenta las necesidades de determinados sectores públicos vinculados con la educación y la cultura, muchos de ellos precarizados, se deberían establecer con más ponderación los objetivos que, en primera instancia, son prioritarios para el sector público.
Nadie puede vivir de espaldas a la realidad económica y, por ende, al mercado, pero algunos pensamos que no todo es mercancía y que el arte u otras formas de producción simbólicas también generan propuestas inéditas que el mercado no puede o no quiere absorber. La historia del arte está llena de ejemplos de artistas que nunca imaginaron su obra como mercancía sino como experiencia, que no pensaron su trabajo como objeto intercambiable en claves comerciales sino como vivencia performativa efímera, inclasificable.
En esa carrera entre negocio y creatividad hay un gran campo de posibilidades que debe quedar abierto. En cualquier caso, no se puede cancelar el espacio de la experimentación y de la emergencia que nos permita la posibilidad del extrañamiento, como lugar para lo desconocido y lo regenerador, para la invención de nuevos procesos de vida que modifiquen los códigos y los lenguajes impuestos por la costumbre y la rutina. En definitiva para la construcción de futuro.





