
Su abuelo, el sastre francés Jean Emilas abrió un taller en el Paseo de los Fueros de San Sebastián en 1902. Allí se inició en el oficio su padre, quien en 1926 entró a formar parte de la Casa Balenciaga abierta en la capital guipuzcoana. «Mi padre, Juan Emilas, era entonces el cortador y Balenciaga el maestro», afirma. «Trabajó con él durante 36 años, aprendió su técnica y se convirtió en el primer maestro de sastrería que el modisto tuvo. Se fue a Madrid y, junto a Felisa Irigoyen, maestra de la sección de fantasía, ejerció de director técnico de EISA. Ambos eran los encargados de traer la colección de temporada, presentada primero en París y luego en España».
En 1948, siguiendo la tradición familiar, Juan Mari Emilas comenzó a trabajar como aprendiz en la Casa Balenciaga. «Tenía sólo 17 años», comenta este donostiarra. A su memoria vienen retazos de un pasado unido al diseñador. «Era muy exigente y perfeccionista -asegura-, tanto que algunos empleados temblaban cuando, dos o tres días antes de que la colección se presentara oficialmente, aparecía para verla en un pase privado. Repasaba cada modelo y siempre hacía arreglos, se modificaban prendas e incluso se rehacían por completo».
En su relato salpicado de anécdotas, Emilas descubre a un Balenciaga «discreto, serio, un poco hermético», pero también «muy afectivo», «cercano» y, sobre todo, «generoso». Aún recuerda cómo entregó su propio coche al chófer que a punto estaba de casarse como regalo y lo mucho que ayudó al párroco de Javea para que acondicionara la iglesia, sin olvidar a sus discípulos y amigos. «Cuando conocía a una persona que tenía pasión por su trabajo, la ensalzaba, como hizo con Givenchy. Le buscó un taller frente al suyo y le envió los mejores trabajadores de sus casas de Madrid, San Sebastián y Barcelona en las épocas en que tenía más trabajo. Los maestros en París no hacían esas cosas, nunca querían enseñar a los que venían detrás», indica.
Emilas recuerda igualmente cómo la casa EISA de Madrid, hizo en 1961, como regalo de boda el vestido de novia de su futura esposa; un vestido inspirado en el de Fabiola de Bélgica,
El reencuentro
La profunda amistad que durante décadas unió a su padre y a Cristóbal Balenciaga encontró tiempo después reflejo en Emilas. Según explica, «tres años antes de que falleciera, me encontré con él en una tienda de telas. Vivía a caballo entre París y San Sebastián y, a pesar de que ya se había retirado, sus clientas le seguían pidiendo que cosiera para ellas».
Fue así como reanudaron su relación tras varios años sin verse. «Comencé a hacer encargos para él en mi taller, como el traje sastre de la señora Calparsoro que en 1987 se expuso en el Palacio Miramar», cuenta Emilas, mientras revisa las fotografías inéditas del modisto y las cartas, firmadas siempre con las iniciales C. B., que revelan la correspondencia que ambos mantuvieron. «Me las mandaba a través de su chofer para darme instrucciones sobre los trabajos que me encargaba», señala.
Su testimonio sirve ahora de punto de partida de la tesis que su hija, Mariu Emilas, ha comenzado a escribir sobre Balenciaga; una tesis que, en palabras de la autora, pretende «dar continuidad» al trabajo de sus antecesores y «crear un documento riguroso y fiel con aportaciones novedosas en varios campos hasta ahora no estudiados» sobre la figura y la obra del modisto.









