En lo que va de año, supera ya holgadamente el 10% a pesar de que la paridad del euro con el dólar nos proporciona una gran protección y un litro de gas oil cuesta más de un euro (les recuerdo, 166,386 pesetas). Yo pensaba que, como consecuencia de ello, el consumo se había retraído; y me basaba en la mera observación de lo bien que se circula por las carreteras a finales de mes, pero las estadísticas me han derrumbado este pedestre y tosco sistema de análisis y reflejan un aumento del 3,3%.
La agresión material de los precios no nos hace mella, pero la espiritual de la mala conciencia tampoco. La sensibilidad medioambiental crece día a día y no conocerán a nadie -ni siquiera al primo de Rajoy-, que no esté seriamente preocupado por las emisiones de CO2 y su corolario del cambio climático.
Ya, pero luego no nos bajamos del coche, no modulamos la calefacción y no apagamos el interruptor de la luz al salir de una habitación. La utilización de los combustibles fósiles es responsable de una buena parte del desaguisado y dos tercios de ellos van a parar a la energía que sostiene el bienestar doméstico y a mover el transporte de personas y mercancías. Sabemos que así no podemos seguir y nos enfurecemos cada vez que echamos gasolina. Pero repetimos, impasibles.





