
Sin embargo, a Romero parecen interesarle más otras cosas, bastante más estimulantes para el espectador que quiera algo más que la permanente autocita. Y Romero, atrevido él, se propone hacer una lectura crítica, descreída, alertadora, del mundo de hoy. Del real, no el de los zombis. Ese mundo tan insentato que parece imposible, o tan absurdo que se diría pesadilla. El mundo de los medios de comunicación histéricos o al servicio de una verdad cómoda, al dictado de las autoridades, y que busca el morbo pero no la crítica. Un mundo, también, en el que la cámara del ciudadano anónimo, los blogs con imágenes transmitidas al instante por internet y las páginas para organizar a comunidades, pueden conformar una verdad alternativa a la que imponen las televisiones.
Romero se adentra en la textura de la imagen amateur a través de un personaje que tiene la obsesión de filmar continuamente, de manera que toda la película se puede construir a través de sus filmaciones y otras supuestamente obtenidas en la red. Ese personaje pertenece a la clásica cuadrilla de estudiantes que será malévolamente diezmada por el ataque de los zombis, epidemia que asola todo el planeta, sin que se sepa cómo y por qué ha surgido el apocalipsis. Sin abandonar en ningún momento el ramalazo irónico (ese profesor que no sabe guiar a los alumnos y está permanentemente bebido), Romero inserta habilmente soflamas inconformistas, a veces algo primarias, pero dignas de ser tomadas en cuenta. Un buen modo de revitalizar a sus zombis.





