
La práctica totalidad de las piezas fueran arreglos de obras que, dentro de un bonito recorrido musical, abarcaron muchas épocas y estilos. El grupo de diez trompas, al que ocasionalmente añadieron tubas wagnerianas, inició el concierto con la renacentista Magnificat, originariamente para doble coro y que sufrió varias imprecisiones en forma de pequeñas desafinaciones. La solemne y festiva Suite sonó más compacta y segura, al igual que la genial Ave Verum que, a pesar de ser un Adagio, la llevaron a un 'tempo' acertadamente animado. Todo lo contrario que el Aldapeko, arreglado expresamente para trompas por Aragües y que, tal vez, pecó de lentitud y de una dinámica poco explorada. Tras las bien ejecutada Wagneriana, la inquietante y oscura From Sibelius, el cálido Andante y el breve arreglo de la Obertura de Tannhauser, el conjunto finalizó con la música más actual, llena de ritmo y vitalidad, que Shaw propuso para sus Fripperies.
El improvisado museo, en el que pudieron verse desde trompas alpinas hasta cuernos de animales pasando por diseños más actuales, fue todo un acierto. Una iniciativa que seguro sirvió para que los asistentes se sientan a partir de ahora un poquito más cerca de este bello instrumento.





