
Pero ayer ni siquiera trasnochar garantizaba el acceso a alguno de los codiciados tickets. Por lo menos en Bilbao. Que se lo digan a los que pernoctaron a la puerta de Power Records, desde las nueve de la noche del día anterior, -una señora desde las cinco de la tarde para comprar entradas a su hijo de 41 años- donde una avería en la impresora que debía alumbrar los billetes apenas permitió despachar entradas para una treintena de las más de 150 personas que hacía cola ante la histórica tienda de discos.
Esa cifra era filfa comparada con los que guardaban turno en el Fnac bilbaíno, donde se estuvo a punto de llegar a las manos cuando un kamikaze, sin ningún apego a la vida, trató de colarse a primera línea de playa delante de gente que llevaba 10 horas allí.
Ni a pie de establecimiento, ni desde casa por internet y, mucho menos, por teléfono. No hubo manera. Uno de los grandes misterios de la tecnología moderna es explicar para el común de los mortales cómo se despachan 16.000 entradas en una hora con dos (teléfono e internet) de los tres mecanismos de venta casi bloqueados de continuo.
En carne y hueso
La cruda realidad confirmó que sólo la presencia física ante el punto de venta, estuviera donde estuviera, permitía albergar esperanzas; cuanto más lejos del radio de acción y menos gente delante, mejor. Bueno. La presencia física, y, por lo menos en lo relativo a la cadena de tiendas Fnac, la reserva previa para los que acreditaran ser socios.
Así que hecha la ley... a buscarle las vueltas. En Bilbao, ya en la tarde del lunes, decenas de personas guardaron cola para hacerse socios de la franquicia francesa y allanar el terreno con tal de acceder a algún ticket: 700 vendieron en Donostia, de las que buena parte, como en Bilbao, salieron mediante reserva telefónica, sin garantía previa de entrada, eso sí.
Su tienda de Bilbao fue donde mayores aglomeraciones se vivieron, -hasta 300 personas en fila india había un cuarto de hora antes de la apertura de puertas-.
En torno a los puntos de venta más conocidos todo fue adquiriendo dimensiones bíblicas: muchos llamados, pocos elegidos. Y los que alcanzaban el objetivo partían a proclamar la buena nueva agitando el botín mientras el resto se rascaba el cogote o se mordía las uñas, cuando no apremiaban a los primeros agraciados para que no perdieran tiempo posando ante las cámaras.
Tenían razón. Si algo ayer era oro era el tiempo. En minutos volaron las más caras, y antes de mediodía los ordenadores hacían oídos sordos a las peticiones para desconsuelo del personal.
Una vez más el azar hizo de las suyas. Establecimientos de ropa no fichados que disponían del dichoso sistema de venta despachaban localidades a clientes que habían llegado a las 9 de la mañana mientras otros, que habían optado por hacer cola en otro establecimiento desde madrugada, se volvían con las manos vacías.
Lo que sí se supo ayer son los precios definitivos de los tickets fijados por el emporio Ticktackticket, cuyas tarifas figuraban hasta hoy sin aplicarles la comisión correspondiente: 4,5 euros por entrada. Como en el Un, dos, tres, 16.000 entradas vendidas, a 4, 5 euros... 72.000 euros, unos 12 millones de las antiguas pesetas. Como ocurre con el vinilo, algunos se apuntan ya al regreso de los viejos tacos de entradas.





