A los que están en plena forma y ni les sobra ni les falta gota de grasa esto no les dirá nada, pero para los amigos de 'Bibendum' (el famoso muñeco neumático) hay motivos para la alegría: al fin se reconoce que nuestros michelines también tienen derecho a decidir las tallas unificadas de mañana, lo que nos librará de sentirnos como bingueros cada vez que vamos a comprar unos simples pantalones: 40, 38, 42, 44... Al fin y al cabo, todos somos hijos de la moda tanto si pertenecemos al colectivo XS como al XXXXXL, tanto si paseamos nuestro cuerpo serrano por la pasarela Cibeles como si lo hacemos por el tontódromo de Urasandi que está en Elgoibar.
Es un hecho que la cultura del michelín ya forma parte de «nuestra idiosincrasia», como se decía antes. Tomando el relevo del cráneo vasco de Telesforo de Aranzadi -objeto de tantas discusiones-, la singularidad antropológica nos la otorgan los michelines de la nueva cocina. Esto viene dado porque, históricamente, vasco era el que jugaba a pelota, gustaba caminar y bebía sidra, en feliz definición de un bertsolari. Pero, claro, ahora la pelota la vemos por la tele, luego andamos hasta el bar de la esquina -ni un paso más- y allí nos metemos media botella de Rioja con una cashuelita de callos mientras discutimos de política. A resultas, en unos lustros los vascos y las vascas hemos cogido peso político y también adiposo, así que ya es hora de fijar unos límites que nos mantengan en forma y saludablemente, sin forzar las costuras del buen vivir que aquí compartimos gente de muy variada ideología, talla y tara.
Pero esta glosa del michelín quedaría incompleta sin una referencia a Michelin, la empresa francesa que esta semana ha anunciado una importante liposucción de su plantilla en Lasarte-Oria. Un problema sangrante, mucho más hondo que el de los lípidos, con el que pinchamos en el hueso del nuevo capitalismo global que juega al monopoli sobre el tablero planetario, quitando fichas en un sitio y poniéndolas en otro, lo cual nos debería llevar a valorar aún más a nuestro empresariado autóctono, con arraigo territorial y compromiso social. Las esperanzas de futuro de esta tierra están, en buena medida, en sus manos. Sin ellos estaremos agarrados por los michelines. Y eso, jo, debe de doler...















