Joaquín regresó a Irun en cuanto pudo, pero la adaptación no fue sencilla. No pesaría sobre ellos ningún cargo pese a que su padre y su hermano combatieran contra el levantamiento. Pero no tenían un hogar y Joaquín debía realizar el servicio militar. «De aquello guardo una anécdota. Tras unos meses, me incorporaron a la oficina del Servicio de Investigación. Allí estaban las fichas de personas consideradas rojas, de los sospechosos de serlo y de los relacionados. Encontré mi ficha allí y fui a ver al capitán. Le dije, 'como va a hacer este trabajo el hijo de un rojo, como pone en esta ficha'. Me contestó que no importaba. 'Éste es un ejercito de mierda', dijo». Después, trabajo con normalidad en una empresa eléctrica, sin que apenas nada de su pasado le molestara, aunque él se volcó en investigar qué ocurrió con su padre y con su hermano.
Tras la guerra, Virgilio llegó a Pau, donde desarrolló su vida y sigue viviendo aún hoy. Es una persona respetada en su ciudad, donde le han homenajeado por su trayectoria. De las guerras, guarda recuerdos, pesadillas y dos cachos de metralla en su pierna. Confesó que «algunos días, durante toda mi vida, me han dolido las rodillas», dolor que atribuye a la tortura de los colaboracionistas galos, que se cebaron en esas articulaciones.