ESTO NO ES UNA 'HAPPY HOUR'

BEGOÑA DEL TESO

Es tenue, muy tenue. Delicada, muy delicada. Frágil, muy frágil. Cotidiana, muy cotidiana. Como cotidianos son la tristeza, el amargor, la vida misma y también la muerte. En un barrio de Los Ángeles. A cientos de años luz del cartel mágico de HOLLYWOOD. En un canal. En un río. En una isla plantada justo en medio del cauce del agua. Cuatro historias. Una muchacha que hace grafittis, una pareja que ha perdido a su hijita, un hombre del blues con su guitarra y su mujer malherida por la muerte. Un viejo inglés cojo y viudo. Se cruzan con sus historias. Se cruzan en la bollería, en la calle, en el cementerio. Se cruzan sus ojos con los de un astrónomo convertido en un sin techo, en un homeless. Se cruzan en unos fotogramas, unos planos, unas secuencias tratadas con una extrema y dolorosa honradez, con la lealtad que se merecen aquellos que sólo salen en las películas si se trata de películas cuyo refugio es Zabaltegi.

The Blue Hour sabe lo que busca y lo encuentra: contar cuatro cuentos tristes que suceden sin que nadie, sólo quienes los viven, sepan que han pasado. Retratar gentes que son de los nuestros sin que acaso ni siquiera nosotros lo supiéramos. The Blue Hour es una canción triste. Es un blues. Es un solo de guitarra y cámara, de bote de pintura y telescopio barato. De carros de supermercado que sirven para transportar pequeños tesoros. De broncas que se escuchan a través de tabiques muy delgados. De músicas traídas de países lejanos. Es un solo de cine interpretado a muchas manos, escuchado por muchos oídos, visto por gentes que nos parecemos, y cuánto y tanto, a todos y cada uno de los que aparecen por las esquinas de esos planos. Son los habitantes del lado oscuro del sueño americano, de la zona oculta de cualquier sueño. No happy hour here, Mdam. Aquí sólo vivimos la hora del blues.

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