
LOS DATOS
Ayer cambié mi itinerario habitual y me dirigí hasta Puiana en bicicleta. Atravesar el paseo de Colón y la calle Fuenterrabía no fueron tarea fácil. Nunca me he sentido segura yendo por la carretera, pero como no hay otro remedio en el centro, pedaleé entre los vehículos hasta llegar a la avenida de Letxunborro. Una vez allí, decidí subir a la acera hasta llegar a mi destino.
Por el bidegorri
Ya en Puiana, recordé que en el entorno de Soroxarta comienza un tramo de bidegorri y me acerqué hasta allí porque pensé que sería menos arriesgado regresar a la redacción pedaleando por un carril-bici. Tras atravesar, por la acera, la calle Monte Aldabe, me adentré en el bidegorri que comienza en Burniola. El espacio de carril-bici en esta vía es amplio y por eso, el paseo se hace muy ameno para los ciclistas. Pero, después, comienza la cuesta arriba en la calle Lavanderas y de repente, dos manzanas antes de llegar a la avenida de Elizatxo, el tramo se corta.
En ese momento, no supe si el tramo seguía en dirección a Elizatxo o si, por el contrario, continuaba por otra calle. Descendí de la bicicleta y caminé hasta encontrarme con la vía roja que corresponde al tramo del bidegorri de Auzolan. Este carril llega hasta el Gazteleku de Martindozenea.
Obstáculos en la vía
Afortunadamente, el tramo del Gazteleku ha mejorado. Hasta hace no mucho, el bidegorri estaba sin pavimentar y pedalear por esta zona se hacía un poco peligroso para el ciclista. El carril se termina enfrente de Martindozenea y continúa en el inicio del parque Alai-Txoko.
Pedaleé hasta llegar al final del parque, lugar en el que también termina el camino rojo. Seguidamente, hay un tramo señalado con baldosas de color oscuro, que imagino tienen por objetivo delimitar el tramo del bidegorri, pero había varias motos aparcadas en el carril-bici que obstaculizaban el camino.
Seguí con el tramo de Pío XII hasta llegar a la plaza del mismo nombre. El recorrido se acaba de forma repentina. Hay un árbol plantado justo delante del final del bidegorri, que advierte a los ciclistas que el trayecto se ha terminado.
A pesar de que en el centro ya no hay más bidegorris, decidí no bajar de la bicicleta y seguir pedaleando desde la plaza Pío XII. Pude descender la calle Serapio Múgica sin encontrarme ningún obstáculo por el camino, pero al llegar a Juan Arana me di cuenta de la gran cantidad de gente que había haciendo las compras pensé que sería más seguro seguir mi trayecto a pie.
Algunas mejoras
Llegué a la redacción veinticinco minutos después de haber iniciado mi recorrido en el entorno de Soroxarta. Subí a la oficina con las manos ennegrecidas -poco antes de llegar a la calle León Iruretagoyena se salió la cadena de la bici- y cansada porque para llegar al centro de Irun, tuve que recorrer toda la periferia de la ciudad.
Durante el trayecto, observé que salvo el pavimento de color rojizo que recuerda que nos hallamos en un bidegorri, no hay ninguna señal que indique al ciclista por dónde debe seguir su recorrido. En más de una ocasión, tuve que descender de mi bicicleta para sacar el mapa que el Ayuntamiento de Irun publicó con la red de bidegorris para asegurarme de que seguía la dirección correcta.
Tampoco hay señales que indiquen que la vía está destinada, exclusivamente, para circular en bicicleta. A los viandantes no les gusta que los txirrindularis invadan la acera con sus bicis, pero tampoco creo que sea correcto ocupar el bidegorri cuando uno está paseando.
El itinerario es bonito porque recorre la periferia de la ciudad, pero es poco práctico por la misma razón. Los iruneses que deciden ir a trabajar en bicicleta lo hacen para evitar atascos y llegar antes a su oficina, pero si tienen que recorrer toda la ciudad para llegar al centro, el perjuicio es mayor que el beneficio.
No es de extrañar que, con tanta complicación de por medio, fuera la única persona que ayer realizó este recorrido por la mañana. En ningún momento se cruzó conmigo otro txirrindulari.





