De entrada, Ibarretxe gana esta primera batalla estratégica. Imaz, que nunca ha visto clara esa cuestión, pliega velas. Habrá lecturas más complejas de lo que ha ocurrido, pero los hechos son elocuentes.
Es verdad, en cualquier caso, que la retirada tiene un recorrido más profundo que una interpretación maniquea entre vencedores y derrotados. Es verdad que la decisión de Imaz es fruto de una debilidad relativa, pero también es cierto que puede tener a la larga un efecto distinto que precisamente puede proteger al actual presidente del EBB en la recámara de la vida profesional, al margen de los avatares de la política activa. Los tiempos que se avecinan no van a ser fáciles para el mundo nacionalista, sobre todo si se adentra por caminos de incertidumbre y división que terminarán, tarde o temprano, en una crisis.
Su decisión puede propiciar también una cierta catarsis interna en el nacionalismo, fuerza la unidad del PNV y emplaza al sector Egibar a que no dé la batalla por el liderazgo del partido. Intentaría, en ese sentido, desactivar las intenciones del sector más soberanista por recuperar el control del PNV con una apelación a la unidad, que es muy sensible en las bases y que tiene en la memoria colectiva el trauma de la escisión, que nadie quiere.
El PNV no va a alterar en esencia su rumbo estratégico, pero se va a adentrar en un territorio contemporizador de posiciones en busca del consenso interno. E Imaz ha decidido que es un nacionalista contemporáneo pero que ya no está dispuesto más a ser un nacionalista contemporizador. Su mensaje de modernización ha sido un revulsivo en el seno del nacionalismo vasco. No cabe duda que ha removido las aguas, incluso con puntos provocadores y audaces, en la forma y en el fondo. Ha sido un adelantado que seguramente ha ido por delante de la velocidad de su partido, que necesita más tiempo para metabolizar los cambios, y que todavía sigue en parte anclado en esquemas defensivos. Su discurso enlazaba con el nacionalismo pragmático de los históricos del PNV, de los Agirre, Landaburu, Irujo, Leizaola. Era la generación de la guerra y del exilio, los europeístas y demócratas convencidos. Sus tesis a favor de un nacionalismo cívico, su claridad frente a ETA, sus amarres éticos, su relación abierta con la sociedad, le han hecho un líder atíptico en un partido también atíptico como es el PNV, en el que las alabanzas de los adversarios políticos suelen ser regalos envenenados y se interpretan mal. En parte, eso es lo que le ha ocurrido a Imaz. No ha logrado afianzar su liderazgo pese a ser una de las cabezas mejor amuebladas del nacionalismo. Las opiniones del presidente Zapatero o de Felipe González han sido utilizadas en su contra, más allá de que la crisis de Navarra o de Cataluña haya debilitado también su perfil.
El PNV de Vizcaya, que en su día fue clave para su elección como presidente del EBB, en esta ocasión puede ser también una pieza determinante para entender su salida. Iñigo Urkullu se perfila como el sucesor, al frente del EBB tras un presumible pacto con Joseba Egibar. A corto plazo, el pactismo retrocede y gana un compromiso interno más ambiguo y ecléctico. Pero a la larga la pugna no está zanjada definitivamente. Una retirada a tiempo hoy puede ser una victoria mañana.






