
Tratándose de quien se trata, es decir, de un político muy poco al uso, no habrá más remedio que creerle cuando aduce como motivo de su decisión la unidad de su partido. Sabíamos que el PNV no atravesaba un buen momento de concordia en los últimos tiempos. Pero no podíamos imaginar que la unidad estuviera hasta ese punto amenazada por su presencia. En este sentido, cabe suponer que la retirada de Imaz, además de un acto de coherencia personal, contiene también, aun sin quererlo su protagonista, una invitación a quienes, en la misma medida al menos que él mismo, podrían representar otras tantas amenazas de discordia y división para el partido. De hecho, el propio Imaz lo insinúa en el artículo que hoy puede encontrar el lector en las páginas de este diario. Y, puestos a pensar, a cualquiera podrá ocurrírsele que los destinatarios de tal invitación no pueden ser otros que Joseba Egibar y el propio lehendakari Ibarre-txe. Ellos, como él, han sido los principales referentes de las divisiones y discrepancias que Imaz menciona y que tanto han debilitado al partido. Se trataría, en este supuesto, de una retirada ejemplar, que señalaría el camino que también otros deberían seguir, si fueran tan coherentes como la persona que acaba de adoptar una decisión tan dolorosa.
En cualquier caso, la retirada de Imaz deja al PNV y, en consecuencia, al país en una situación de notable incertidumbre. Mucho nos tememos que, además de coherencia personal y política, haya en su retirada algo de impotencia frente al reto que se había propuesto de repensar el nacionalismo desde categorías más acordes con los tiempos que corren. Parecería, en este sentido, que las ideas que el aún presidente de la Ejecutiva nacionalista expuso en este mismo diario en el mes de julio no han tenido en su partido la acogida que él mismo habría esperado. De hecho, fuera de la del siempre aguerrido alcalde Azkuna, ninguna voz se ha alzado en el seno del partido para defenderlas y muchas para cuestionarlas. No es de descartar, por tanto, que la soledad provocada por el silencio de los amigos haya contribuido, tanto o más que la oposición de los enemigos, a esta tan insólita decisión del todavía presidente jeltzale. Si así fuera, la esperanza de que alguien recoja su antorcha y consume la tarea por él iniciada sería poco menos que nula. Y muy poco ayuda a alimentarla la lectura atenta del proyecto de ponencia que la ejecutiva del partido acaba de someter a debate. En ella se ve hasta qué punto refugiarse en los tópicos del pasado resulta más fácil que enfrentarse a los retos del futuro. Al fin y al cabo, atreverse a esto último implica el riesgo, como bien acaba de verse con Imaz, de sucumbir en el intento.






