En los últimos cuatro años, Imaz no sólo se ha esforzado en reorientar el discurso de su formación hacia el centro sociológico y político del país, ese terreno de límites inciertos e ideológicamente difusos que el PNV había abandonado en el tránsito hacia Lizarra. También ha pugnado por desapolillar el discurso de un partido que continúa confiando en el potencial de su centenaria trayectoria como mejor garantía de continuidad en el futuro, un confianza conformista en sus propias posibilidades que el presidente del PNV ha intentado remover ensanchando los mensajes y procurando la modernización de los comportamientos internos y externos: baste consignar que su convicción acerca de la responsabilidad social de los medios se ha traducido en una inédita apertura a la Prensa de una formación acostumbrada a considerarla, bajo el mandato de Arzalluz, casi como un enemigo necesario. Pero es dudoso que la cercanía y la accesibilidad de Imaz, su disposición a recorrerse los batzokis incluso en los que no suscitaba adhesiones, su compromiso contra la violencia y su discurso más comprensivo hacia la pluralidad consustancial de Euskadi hayan calado en el imaginario común de las bases jeltzales para poder contrarrestar, incluso tras su renuncia, los discursos ideológicamente más aguerridos de sus compañeros de ejecutiva.
Pragmatismo
Ha constituido de hecho, muy probablemente, un esfuerzo sin más recompensa que la fidelidad a las propias convicciones de un nacionalista de ortodoxo sentimiento y atípica actuación; un político de acentuado pragmatismo tamizado por la interpretación ética del problema de la violencia en Euskadi; un científico, en definitiva, capaz de adoptar decisiones con meticulosa frialdad, pero también de dejarse llevar por la emoción de ver nacer a dos de sus hijos en medio de las expectativas de paz abiertas por las treguas de 1998 y de 2006. La familia siempre ha constituido el principal motivo de alegrías y desvelos para Imaz, un hombre que sufrió la prematura muerte de su padre, empleado de una empresa de aceros, cuando aún no había cumplido los diez años. Frente a quienes han tendido a minusvalorarle, a dudar de la fortaleza de su carácter o directamente a despreciarle -el mismo Arzalluz que le elogiaba privadamente pasó a desairarle cuando le sucedió-, el presidente del EBB siempre ha podido escudarse en la obligada templanza que proporciona una orfandad tan temprana y el convencimiento desde la adolescencia de que uno debe labrarse su propio futuro.
Nacido en 1963 en la localidad guipuzcoana de Zumarraga, casado con una mujer por cuya discreción y anonimato veló el día en que fue elegido para encabezar el partido y con tres hijos, Imaz apenas había entrado en la quincena cuando se afilió a las juventudes del PNV. Era un año tan convulso, esperanzador y simbólico como 1978. Y es entonces cuando empieza a entretejer su compromiso partidario e ideológico con los mimbres de la desafección, hoy abierta condena, del terrorismo de ETA. En unas navidades de aquel período iniciático, el dirigente peneuvista aguó una cena familiar al discutir los argumentos a favor de la izquierda radical que le estaba dirigiendo uno de sus allegados. A diferencia de aquellos miembros del PNV proclives aún a la consideración del entorno de ETA como los hijos descarriados del nacionalismo, o de aquellos otros escaldados por la frustración y las zozobras que provocó el proceso de Lizarra, el rechazo de Imaz a la violencia se ha convertido en el signo posiblemente más sincero y distintivo de su discurso, el que le condujo no sólo a respaldar al Gobierno de Rodríguez Zapatero en el último intento para tratar de lograr una salida dialogada al terrorismo, sino incluso a mostrarse mucho menos condescendiente con las señales que iba proporcionando la banda sobre su voluntad de volver a las armas. En aquellos meses de airosas expectativas sobre la buena marcha del proceso, Imaz advirtió a un dirigente abertzale de que se encontraban ante una oportunidad única que, si desperdiciaban, iba a ser respondida con contundente frialdad por el presidente Zapatero.
Químico y políglota
Pero, una vez más, da la impresión de que la militancia jeltzale en su conjunto no sólo no terminó de interiorizar la lealtad sin contrapartidas de su jefe de filas en la lucha antiterrorista, sino que llegó a interpretarla, incluso, como una amenaza. Que el factor humano condiciona la política lo sabe bien este químico especializado en Polímeros, políglota, antiguo ejecutivo del grupo Inasmet, concejal de su pueblo, eurodiputado y entregado aficionado -otra rareza- a la lectura de horóscopos. De su paso por Bruselas -a él se dirigió un emisario de ETA en 1998 para establecer los contactos que desembocaron en el alto el fuego- conserva una concepción europeísta de la labor institucional y política, un puñado de amigos de nacionalidades variopintas y anécdotas entrañables como las coplas que tarareaba en celebraciones compartidas con el popular Arias Cañete. Imaz fue el benjamín del primer Gobierno de Ibarretxe, su consejero de Industria y el portavoz que recibía, semana sí y semana también, los reproches contra el proyecto soberanista del lehendakari. Es una incógnita el destrozo que habrán provocado las turbulencias internas en el respeto que se guardaban ambos, en la amistad -intensa y duradera- que mantenía con un Joseba Egibar con el que compartió el alineamiento con el partido en la escisión. El mismo Egibar que le hirió profundamente al apartar de la primera línea política a Joxe Joan Gonzalez de Txabarri pero, sobre todo, a Román Sudupe, el padre político de un líder incomprendido y hoy en retirada.






