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RSS | ed. impresa | Regístrate | 22 agosto 2008

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«Aquella comida nos cambió la vida»
Tras siete meses y medio de ingreso hospitalario, la lazkaotarra intoxicada por unas alcachofas se recupera en casa

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«Aquella comida nos cambió la vida»
Raquel pasea en compañía de su marido, José Luis Cid, en los aledaños de su casa de Lazkao. [JOSE MARI LÓPEZ]
SAN SEBASTIÁN. DV. Poco a poco, pasito a pasito. La recuperación de Raquel Dávila está siendo lenta, aunque la mejoría es evidente si se releen las crónicas de hace unos meses, en las que se relataba la lucha de esta lazkaotarra por sobrevivir a una situación provocada por una conserva de alcachofas. A principios de mayo, Raquel atesoraba una estancia más bien larga en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Donostia, que se había convertido en su casa desde Nochevieja. Unas máquinas le ayudaban a respirar, estaba absolutamente inmovilizada -apenas podía mover un brazo- y no podía hablar, por la parálisis de la musculatura. El veneno la estaba consumiendo.

Ayer, hacia las seis de la tarde, Raquel salía a dar una vuelta cerca de su casa en Lazkao. Es parte de su rutina desde que recibió el alta hospitalaria, aunque no médica, el 14 de agosto. Acompañada por su marido, José Luis Cid, que también resultó intoxicado, aunque en menor grado, dio una vuelta por los aledaños de la ikastola San Benito. Han pasado más de ocho meses y todavía no puede caminar. Se cansa y no tiene fuerza. La pierna izquierda no le responde. «En casa ando con muletas, pero para salir a la calle uso silla de ruedas», cuenta Raquel.

Esta lazkaotarra era una mujer sana hasta que unas alcachofas contaminadas la pusieron al borde de la muerte. Sucedió el 29 y 30 de diciembre, cuando comió una conserva envasada de alcachofas importadas de Perú. En Nochevieja, fue ingresada de urgencia por culpa de la toxina botulínica, uno de los venenos más potentes que hay en la naturaleza. El bacilo botulínico se metabolizó en su sistema nervioso y su organismo necesitaba una catarsis en toda regla para poder superar la situación. Entonces arrancó la pesadilla de Raquel y de toda su familia, que ha permanecido junto a ella todos estos meses mitigando este calvario con todo su cariño y afecto. Hermanas e hijas adaptaron sus horarios laborales, incluso con reducción de jornada, para atenderla en esos días, semanas y meses interminables de angustia en los que vivieron un episodio especialmente duro cuando Raquel fue trasladada a planta y sufrió una parálisis respiratoria que la devolvió a la UCI. También hubo momentos felices, como cuando Raquel pudo tocar a su primera nieta, Thessa, que es la alegría de la casa.

Ayuda en casa

Aquellos momentos son, en parte, agua pasada. «Está bastante bien. Con paciencia y tranquilidad, va para adelante», cuenta su hermana, Mari Carmen. «Sí, estoy un poco mejor. He estado muy muy mal. Poco a poco voy...», reconoce Raquel, quien confiesa que hasta las escaleras del portal le parecían raras cuando regresó a casa. «Es que pasé tanto tiempo en el hospital...». Y todo por una comida «que nos cambió la vida». Es cierto. Raquel no es la que era. Toma cinco pastilla al día, tiene que acudir a sesiones de rehabilitación diarias para reforzar la musculatura y quizá tengan que operarla de la pierna izquierda. No es autosuficiente. «En casa necesito ayuda para levantarme, lavarme, vestirme...». Su marido es su bastón en estos momentos. «Está un poco estresado con esta situación». ¿Y los médicos que dicen? Que tiempo al tiempo.
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