Aunque el tiempo no acompañó a los más de treinta gigantes y cabezudos durante el recorrido, algunos de ellos ya habían previsto el mal tiempo. Cubiertos de enormes plásticos salieron dos de los gigantes por las calles de la Parte Vieja. «Parece que llevan chubasquero», comentaban los niños a su paso. Aunque la lluvia retardó la salida, finalmente todos bailaron al son de la música desde la plaza Zuloaga hasta el Boulevard.
«Hemos pensado que igual no salíamos porque no habría mucha gente y porque los trajes se estropean. Además, el viento dificulta mucho más la labor de llevarlos porque nos hace perder el equilibrio», comentaba Rafa, uno de los responsables de la comparsa de Noain. A los donostiarras de Itzurun, también les preocupaba la conservación de los trajes. «Hemos sacado en parejas a los gigantes que son réplicas en gran tamaño de alaveses, vizcaínos, navarros y guipuzcoanos», comentaba Naia López, miembro de la comparsa.
Dentro de la estructura de aluminio de los gigantes, unas correas de cuero facilitaban su transporte a los sufridos portadores que deben soportar sobre sus hombros entre 40 y 60 kilos. «Lo importante es saber combinar fuerza y equilibrio», explicaba Rafa, de Noain. La joven Lorea Tirapur, por ejemplo, llevaba a uno de los gigantes navarros, igual que en los últimos diez años. «Lo hago desde que tenía ocho años y me encanta. Aunque se necesita fuerza, nosotras también podemos llevarlos, porque también es necesario el equilibrio y el ritmo», aseguraba.
Pequeños traviesos
Las inseparables parejas de los gigantes en todas las fiestas, también en Donostia, son los cabezudos. «No concebimos las fiestas sin los dos. La verdad es que ya son como un matrimonio», comentaba uno de los comparseros.
Estos dos simpáticos personajes producen a su paso sentimientos encontrados en los más pequeños. «Los gigantes son muy grandes, y cuando paso por su lado me dan miedo, pero es que los cabezudos son más pequeños, pero bastante más malos, porque intentan darnos con esos 'globos duros'», explicaba la pequeña a Alazne, de 5 años.
Más mayor y curado de espanto, Iñigo se lo pasaba en grande encarándose a los divertidos cabezudos. «Ya me han dado tantas veces con las vejigas que ya no me dan miedo, pero reconozco que cuando era más pequeño me escondía detrás del aita para que no me pegasen».





