La herida no ha cicatrizado y da la impresión de que nadie sabe muy bien qué hacer con el relato de la masacre ni tampoco con las ruinas. Porque el pueblo viejo, en el que los vecinos vivieron hasta los años 50, sigue cayéndose a pedazos. El Arco de la Villa, un hermoso portal mudéjar de hace tres siglos por el que se entraba al pueblo, está tapiado con bloques de hormigón y reforzado con andamios. Alguien escribió esta queja con una tiza: «Con los bloques se construyen granjas, no se tapian monumentos. Un respeto al arte y a nuestro patrimonio». El convento, algún que otro palacio y los templos de San Agustín y de San Martín aún resisten gracias a andamios y ortopedias, aunque están destripados, acribillados por las balas y devorados por los boquetes. La iglesia de San Agustín luce un obús incrustado en su torre. Pero las casas siguen cayendo, y las que aún se sostienen sueltan un hedor de gallinero.
Quizá nadie se atreve a intervenir porque este pueblo dejó de ser un mero escenario de la tragedia y pasó a cargar con el peso asfixiante de ser un símbolo. Tras la guerra, Franco decidió preservar las ruinas y levantar a su lado un pueblo nuevo, el actual Belchite de calles cuadriculadas y barrios uniformes de casas bajas. Lo inauguró en 1954, le concedió la Cruz Laureada y lo calificó como «bastión que aguantó la furia rojo-comunista». Los rojos destruyen, nosotros construimos. Ése era el mensaje, que aún perdura en el callejero del nuevo Belchite (Avenida José Antonio, Calle 18 de julio ).
A partir de 1940 instalaron un campo de concentración en Belchite, en el que trabajaron una media de mil presos republicanos construyendo el pueblo nuevo. Eran puros esclavos: hambrientos, enfermos, helados en invierno y abrasados en verano. Muchos murieron. Algunas familias de los reclusos se instalaron junto a las naves durante años, en unos pabellones insalubres que los vecinos bautizaron como Rusia.
A los presos también les hicieron levantar una cruz laureada de hierro, de cuatro o cinco metros de alto, en memoria de los caídos por Dios y por España, que aún se alza entre los escombros del pueblo viejo. Al pie de esta cruz se organizan reuniones de ultraderechistas y franquistas nostálgicos. En los alrededores hay pintadas de anarquistas y de independentistas aragoneses. Se cruzan insultos y amenazas. Todos quieren apropiarse de Belchite, imponer su versión de estos escombros. Gritan proclamas en un lugar en el que se debería guardar silencio. Muy cerca de la cruz laureada está el trujal en el que yacen los restos de setecientas personas.





