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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 23 abril 2014

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Soberanía económica
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La situación de la opinión pública española, que en bien poco se diferencia de la norteamericana y de la de los países desarrollados en general, es de perplejidad ante la autonomía de lo económico, que se hace evidente como contrapunto a los escenarios democráticos y participativos de la política. Empezamos a ver, con un realismo que no tiene precedentes porque la coyuntura es nueva, cómo tenemos una amplísima capacidad de determinación en el terreno político basada en derechos concretos y en certezas jurídicas estables, al mismo tiempo que la economía se nos escapa de las manos. Y no sólo en las variables aleatorias que forman el contexto que nos es ajeno -la disponibilidad o no de materias primas, el comportamiento del clima, las corrientes migratorias, etc.-, sino también en las propias reglas que nos afectan, y que misteriosamente no están en nuestras manos. Podemos derrocar o elegir un gobierno, pero no podemos actuar sobre los tipos de interés.

De hecho, la perplejidad a que hacía antes referencia se está trocando en irritación porque, por añadidura, la adversidad que presenciamos o que se nos anuncia no sólo proviene de factores que no son ajenos, sino que ha dejado de ser en parte inteligible. El Juan Español que está devolviendo con extraordinario esfuerzo una interminable hipoteca con la que adquirió su modesta vivienda está siendo objeto de un ritual muy cercano al sarcasmo o a la burla. De un lado, se le presiona contra pronóstico y sin explicaciones con una subida lenta pero segura de los tipos de interés que poco a poco va mermando su ya muy exiguo poder adquisitivo. Si trata de averiguar el porqué de esta afrenta, se le darán -y en frío tono doctoral- explicaciones inextricables: han aparecido 'tensiones inflacionistas' en la Eurozona y el Banco Central Europeo ha de actuar sobre los tipos para que la inflación no suba del 2%.

Nadie le explicará claramente que el BCE es en teoría una institución completamente independiente de los gobiernos y de Bruselas que sin embargo -se da la casualidad- actúa acompasadamente con las políticas económicas alemana y francesa, países que por otra parte forman el núcleo motor de la Unión Europea. Tampoco sabrá decirle su instructor a santo de qué en una democracia continental que se basa en la división de poderes de Montesquieu ha de existir un poder económico no sujeto a control parlamentario alguno y que ni siquiera ha de dar explicaciones sobre unas decisiones que afectan tan directamente al bienestar de tanta gente. Tampoco sabrá decirle nadie por qué a partir del 2 por cierto precisamente la inflación es altamente destructiva.

Pero no acaban aquí las desventuras del Juan Español, cuya casa ha empezado a perder valor en el mercado -dentro de poco valdrá menos que lo que debe por su hipoteca- y cuya deuda no para de crecer: ahora se le dice que nos amenaza una crisis suscitada en los Estados Unidos por el mercado de las hipotecas-basura, aquellas de alto riesgo otorgadas frívolamente y sin las suficientes garantías por instituciones crediticias que ahora empiezan a quebrar, arrastrando en su caída a una parte del sistema financiero. La globalización tiene estas cosas: la economía global se resiente del hundimiento parcial de una gran economía. Es el 'efecto mariposa'. Y que nadie pretenda buscar sentido político a estas relaciones: la economía, como siempre, va por libre. O, si quiere decirse con mayor crudeza, la soberanía democrática no alcanza a la economía: existe una parcela económica no democrática que afecta directísimamente a nuestra suerte personal como ciudadanos, y sobre la que no podemos influir en absoluto

Ya sé que con estos argumentos se construyen monstruos populistas y pseudorrevolucionarios. Que el arbitraje de una autoridad independiente que defina la política monetaria conforme a criterios objetivos y sin dejarse influir por presiones políticas de los gobiernos o los agentes económicos es la fórmula menos mala para garantizar a los mercados unas reglas de juego estabilizadas y seguras. Que la globalización, como todo en esta vida, es ambivalente, y junto a las virtudes obvias que están permitiendo la generación incuestionable de riqueza y prosperidad, aparecen efectos negativos e inquietantes que habrá que domeñar para que este mundo no pierda la humanidad a raudales. Sin embargo, no es posible para muchos de nosotros abandonar la utopía de que también la economía termine plegándose a los dictados democráticos.

No se trata, es obvio, de regresar a antiguos y desacreditados intervencionismos o de propugnar anacrónicas nacionalizaciones o de intentar desnaturalizar el mercado. Ya tenemos todos suficiente experiencia para saber que no es inteligente poner puertas al campo ni desconocer las leyes mercantiles, tan espontáneas e inflexibles como la propia ley natural. Sin embargo, sí sería posible otorgar transparencia a la gobernanza económica de los países, velar por el interés físico y personal de los individuos al tiempo que se buscan o se preservan los teóricos intereses generales, vincular la economía en todas sus facetas -incluido el urbanismo- al proceso político. Y hacer inteligibles todas estas cosas también al ciudadano de a pie, que no se cree que sus desventuras caigan del cielo.
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