
LA CRÍTICA
Hablando de adultos. Las letras de Barricada resultan todavía hoy de una atemporalidad que estremece, incluso las que suenan más anacrónicas, por su enfoque contextual anclado en los altercados policiales de primeros de los ochenta.
Sus textos van de acoso policial, relaciones de pareja, incomprensión, inmigración, racismo, hipocresía, política, religión y ateismo, militarismo, pacifismo, juergas, sexo urgente, rebelión contra la autoridad establecida, el paso del tiempo, la amistad...
Barricada son lo que eran hace 25 años: igual de grandes. Una banda del pueblo que, como toda banda del pueblo, tiene que demostrar un día sí y al otro también, que son, efectivamente, del pueblo y no se han vendido.
Más, cuando se han atrevido a adentrarse en las procelosas aguas de la opinión política vasca (cargaron contra el PSN, el nuevo arzobispo castrense de Pamplona, recordaron Bahía de Pasaia, sacaron a los de Sociedad Alkoholika, vetados por apologetas -como ellos en su día- al borde de la censura), les han forzado a ver todo en blanco y negro y han dejado atrás la travesía del desierto que pasaron en los 90 y los bolos con poco quorum en el crudo invierno (aquí mismo en Gastezsena, hace nada).
Con un público hetereogéno se subieron a un sonido recio, tozudo como el que pueden pasaportar Motorhead, AC/DC o cualquiera que todavía se respete a sí mismo en esa línea. Claro que otros dirán que no será para tanto, que se repiten. Lo de siempre.















