SAN SEBASTIÁN TERCERA DE FERIA
UN PEÑAZO ENORME
Los 'atanasios' de Pérez Tabernero y una terna -de la que sólo se salvó -y sólo a medias, Sebastián Castella- propiciaron la primera tarde de aburrimiento soberano en Illumbe

Estaba por lo visto «de que no». Y fue que no. Se habían calentado -lógicamente- las cabezas y los corazones del respetable después de ver el lunes a Manzanares y Talavante y ya estaban pensando que ayer iba a ser igual o mejor. Pero no fue igual sino que fue peor. El lunes, la gente no perdía ripio de lo que sucedía en el ruedo porque fueron dos horas largas de emoción, novedades, arte, entrega, chispa y toros con mucha guasa. Ayer, el mismo personal, cerró el ojo a ratos o echó una siestecita, propiciada por el aburrimiento y por el cansancio que ya comenzaba a pesar sobre los cuerpos serranos del personal en fiestas. Hubo más bocas abiertas que pinchazos sobre los lomos de los atanasios. Que esa es otra de la que ya hablaremos.
Lo primero que invitó al bostezo fueron los propios toros que -ya ven lo que son las cosas- pertenecían al mismo hierro que se llevó en su día de San Sebastián el premio a la ganadería más completa y mejor presentada. Ayer, por el contrario, fue un encierro en el que cada toro era de su padre y de su madre. Alguno de ellos me atrevería a decir que era más bien de su tía y de un señor viajante que pasaba por allí.
Los había bajos y largos; cortos y altos; bien, mal y regularmente armados; parados y sin fuelle casi todos; anovillado alguno y peligrosos casi todos. Baste decir que los tres espadas pasaron momentos de peligro, achuche o topetazo.
Sin llegar al desastre completo sí fueron un desastrito lamentable. Algunos fueron pitados en el arrastre. Poco pitados porque el respetable todavía tenía en los adentros la emoción de la víspera y la esperanza de lo que quedaba de corrida.
Los señores maestros toreros estaban precisamente en el albero de Illumbe para que nadie perdiera del todo la esperanza que, ya saben, es lo último que se pierde. Pero tampoco los señores maestros pudieron conseguir que los que habían cerrado el ojo lo volvieran a abrir ni que los que bostezaban cerraran la boca y prestaran atención.
Unicamente el francés de Beziers -o sea, Sebastián Castella- estuvo en el camino de conseguirlo en la faena ante Clavijero, primer toro de su lote. Levantó olés en los tendidos en tres series diestras de notable alto y una zurda de aprobado justito. Pero lo hizo entregado y con salero -incluso con clase en momentos- para cerrar la faena con redondos invertidos de esos que tanto entusiasman al personal. Pero ¿ay amigo!. a la hora de la verdad pinchó tres veces, le enviaron un aviso y se tuvo que confirmar con la educada ovación que aquí se brinda a casi todo el mundo que intenta hacer algo.
Hay que decir que, en el sexto -segundo de su lote- no pinchó tres veces; pinchó cuatro después de una faena insulsa ante un toro francamente imposible. Dicen que un torero puede sufir veinte cornadas seguidas y seguir entero y dispuesto pero al final hay una que lo descompone.
Eso le ha pasado probablemente a Sebastián Castella tras la grave cogida americana. Aquella cuyo primer parte médico decía que padecía «lesiones menos graves» y que a punto estuvo de mandarlo a casa para siempre.
Pero en el festival de pinchazos la palma se la llevó -no se lo pierdan- Enrique Ponce. En seis ocasiones lo hizo sobre el lomo de Yegüerizo. El maestro de Chiva, el torero que tantos años ha estado en lo más alto del escalafón, estuvo desdibujado y volvió a ofrecer la peor cara de su toreo. Esa que consiste en que cada vez que da un pase todo el mundo sabe cómo, dónde y de qué forma va a ser el siguiente. O sea, un aburrimiento sin ningún tipo de atractivo ni emoción. «Éste no es mi Ponce, que me lo han cambiado» hubiera dicho mi buen y llorado amigo Vidaurre, poncista hasta las cachas e incondicional del valenciano donde los hubiera.
El Fandi también pasó (silencio y silencio) por Illumbe de puntillas. No faltaron sus acostumbradas exhibiciones atléticas, sus carreras hacia atrás casi a la misma velocidad que hacia adelante y sus saltos sobre el balcón de los atanasios. Pero fueron carreras, saltos y exhibiciones «de programa». Aplausos, sí pero transmisión ninguna. Con la muleta se limitó a seguir vivo ante un lote integrado por la pésima calidad de Curioso y la mala leche de Babucha que repartió tarascadas, taponazos, gazapeos y medios viajes hasta decir basta.
Lo siento por mi amigo Gabino, exultante el lunes y apesadumbrado ayer. Sonriente de oreja a oreja tras ver a Manzanares y Talavante y resoplando suave -pero resoplando- tras la tarde de ayer. Pero hay que animarse. Según la estadística a la que ahora son todos tan aficionados, llevamos una regular, una buena y otra mala. Quedan aún excelentes, fatales y regulares. A ver cómo las colocamos Gabino. Esa es la cuestión.
Lo primero que invitó al bostezo fueron los propios toros que -ya ven lo que son las cosas- pertenecían al mismo hierro que se llevó en su día de San Sebastián el premio a la ganadería más completa y mejor presentada. Ayer, por el contrario, fue un encierro en el que cada toro era de su padre y de su madre. Alguno de ellos me atrevería a decir que era más bien de su tía y de un señor viajante que pasaba por allí.
Los había bajos y largos; cortos y altos; bien, mal y regularmente armados; parados y sin fuelle casi todos; anovillado alguno y peligrosos casi todos. Baste decir que los tres espadas pasaron momentos de peligro, achuche o topetazo.
Sin llegar al desastre completo sí fueron un desastrito lamentable. Algunos fueron pitados en el arrastre. Poco pitados porque el respetable todavía tenía en los adentros la emoción de la víspera y la esperanza de lo que quedaba de corrida.
Los señores maestros toreros estaban precisamente en el albero de Illumbe para que nadie perdiera del todo la esperanza que, ya saben, es lo último que se pierde. Pero tampoco los señores maestros pudieron conseguir que los que habían cerrado el ojo lo volvieran a abrir ni que los que bostezaban cerraran la boca y prestaran atención.
Unicamente el francés de Beziers -o sea, Sebastián Castella- estuvo en el camino de conseguirlo en la faena ante Clavijero, primer toro de su lote. Levantó olés en los tendidos en tres series diestras de notable alto y una zurda de aprobado justito. Pero lo hizo entregado y con salero -incluso con clase en momentos- para cerrar la faena con redondos invertidos de esos que tanto entusiasman al personal. Pero ¿ay amigo!. a la hora de la verdad pinchó tres veces, le enviaron un aviso y se tuvo que confirmar con la educada ovación que aquí se brinda a casi todo el mundo que intenta hacer algo.
Hay que decir que, en el sexto -segundo de su lote- no pinchó tres veces; pinchó cuatro después de una faena insulsa ante un toro francamente imposible. Dicen que un torero puede sufir veinte cornadas seguidas y seguir entero y dispuesto pero al final hay una que lo descompone.
Eso le ha pasado probablemente a Sebastián Castella tras la grave cogida americana. Aquella cuyo primer parte médico decía que padecía «lesiones menos graves» y que a punto estuvo de mandarlo a casa para siempre.
Pero en el festival de pinchazos la palma se la llevó -no se lo pierdan- Enrique Ponce. En seis ocasiones lo hizo sobre el lomo de Yegüerizo. El maestro de Chiva, el torero que tantos años ha estado en lo más alto del escalafón, estuvo desdibujado y volvió a ofrecer la peor cara de su toreo. Esa que consiste en que cada vez que da un pase todo el mundo sabe cómo, dónde y de qué forma va a ser el siguiente. O sea, un aburrimiento sin ningún tipo de atractivo ni emoción. «Éste no es mi Ponce, que me lo han cambiado» hubiera dicho mi buen y llorado amigo Vidaurre, poncista hasta las cachas e incondicional del valenciano donde los hubiera.
El Fandi también pasó (silencio y silencio) por Illumbe de puntillas. No faltaron sus acostumbradas exhibiciones atléticas, sus carreras hacia atrás casi a la misma velocidad que hacia adelante y sus saltos sobre el balcón de los atanasios. Pero fueron carreras, saltos y exhibiciones «de programa». Aplausos, sí pero transmisión ninguna. Con la muleta se limitó a seguir vivo ante un lote integrado por la pésima calidad de Curioso y la mala leche de Babucha que repartió tarascadas, taponazos, gazapeos y medios viajes hasta decir basta.
Lo siento por mi amigo Gabino, exultante el lunes y apesadumbrado ayer. Sonriente de oreja a oreja tras ver a Manzanares y Talavante y resoplando suave -pero resoplando- tras la tarde de ayer. Pero hay que animarse. Según la estadística a la que ahora son todos tan aficionados, llevamos una regular, una buena y otra mala. Quedan aún excelentes, fatales y regulares. A ver cómo las colocamos Gabino. Esa es la cuestión.





