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«El cóctel entre amor y muerte puede darse, en este verano en el que alentamos o navegamos desde variadísimos puntos de oteo»
14.08.07 -
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El último verso del último poema de Sonetos para Helena, de Pierre de Ronsard (1524-1585), ofrece esa indeclinable mixtura que confunde en un mismo bol al Amor y a la Muerte. «Car l'Amour & la Mort n'est qu'une mesme chose» escribió el inconstante enamorado vencido al fin por una aparente constancia, al dar fin a esos 79 sonetos que el hombre vivo pese a su diferencia de edad (por el espacio diferencial de los 25 años entre uno y otra) dedicó a Hélène de Surgères, una dama de origen galaico español, su Amada muerta (que no a la manera de la «amada inmóvil» de Nervo que la de Ronsard se movía y mucho en la sociedad cortesana a la que pertenecía, pero toda amada está muerta si no responde, si los poemas del amado son saetas perdidas que van a perderse no se sabe dónde, acaso en ningún sitio, o, si en el colmo de lo absolutamente perfecto, también se sabe la lección suprema de aquel gran arquero en que llegó a convertirse aquel hombre llamado Chi Ch'ang que vivía en la ciudad de Hantan, capital del antiguo Estado chino de Chao, que aprendió del maestro de arqueros Wei Fei los rudimentos del oficio y fue dirigido a donde el Supremo, Kan Yin, a resultas de todo lo cual se apropió de la máxima sabiduría, ésa que dice que «la culminación de la actividad es la inactividad; la de la oratoria, la paralización de la lengua; la del disparo de arco, la negación a hacer uso de él», que de esta manera es que ya hemos llegado a la perfección suprema que puede paladearse en la quietud, en la levedad y gracia de lo inmóvil, confinada dimensión de la paz segura). De hecho, mientras se van leyendo esos 79 sonetos se nos va configurando la imagen de ese hombre dual que fue Pierre de Ronsard, un galante eclesiástico del XVI francés, que bien merecería tener un esbozo de biografía imaginaria escrito a la manera de los que Marcel Schwob (1867-1905) escribió, aún a pesar de que su propia vida no ceda en fantasía, lozanía, prestancia, galantería o galanura a ninguna de las que se nos asoman desde la pluma del simbolista galo, llámense Empédocles, Eróstrato o Crates (evocadores del mundo antiguo) para empezar, y los hediondos Burke y Hare, levantacadáveres (más propincuos aunque a salvadora distancia todavía, por suerte), para terminar.

Pero si vamos a lo que importa, lo que nos falta, sin duda, es el mismísimo Marcel Schwob (imposible sustituirle) y lo que sobran son personajes más o menos salidos de madre, que el mundo está saturado de frikis como todos sabemos. El cóctel entre amor y muerte puede darse, en este verano en el que alentamos o navegamos desde variadísimos puntos de oteo. Se abre, por un ejemplo, la Semana Grande, y el ambiente, hasta por la noche, se nos llena de luces («helo, helo, por do vienen», qué digo, los fuegos artificiales y los elaborados en el otro laboratorio de ese más allá que es el de «irás y no volverás», las Perseidas que caen como lluvia fuliginosa sobre el ciclorama que nos protege (que no quiero referirme a los otros fuegos, llamados «fatuos» y que ascienden en vez de bajar, que para este menester es preciso acercarse al cementerio y es que no me sale ni un sólo artículo sin su mención que ya es desgracia) y en cuanto al amor y la muerte, se consuma sobre las arenas de Illumbe la fálica ceremonia entre el acero y el morrillo o quién sabe si de las astas con el femoral entre un baile de abanicos y un musiqueo de olés, que todo consiste en un abrazo o un beso con sangre de por medio que la marca del vampiro es la simbología más tatuable que pudieron exhalar las montañas de Valaquia con el Empalador como figura mediática y todo se expandió en colores de leyenda, que añádase a ello ese temblor de tierras amedrentadas que se ha dejado oir por las tierras del centro (que nos faltarán augures, y en ello acaso convengo, pero que algo significan como siempre han significado las fiebres telúricas), y hay regueros de sangre más o menos contenidos o no en las acequias del amor o del desamor (que ambos a dos vienen a ser lo mismo, ramas isomorfas en distinta dirección de la misma planta).

Repaso la agenda del verano y es, en cierto modo, como si abriese las páginas de la Biblia (no me importa que se tome o no como ejercicio trivial, y tampoco importa si por el principio, por el génesis de todo o por la hecatombe final, tan apocalíptica). Allá por el 47 del pasado siglo, y en ese lenguaje que todavía guardaba elegancias y pródigo uso como era el francés y categoría suma compartida en el mundo de la cultura (y como creo también que en parte ha ido perdiendo con el tiempo), un serio y profundo delator de los males del mundo (de entonces aunque de siempre pese a todo) como fue Albert Camus (1913-1960) denunciaba a unas cuantas ratas de la ciudad de Orán, difusoras de la peste bubónica, como fermentadoras de una conciencia mundial de atropellados por el sufrimiento. Y se elevaba como una exigencia de queja, a Nadie que es el Todo, al Ser Inexistente (antinomias de Camus y de todos los que queriendo colgar su queja no encuentran dónde), al que ninguna teodicea pudiera exculpar por un silencio que ha seguido siendo horrísono a lo largo de los siglos. Acaso puede parecer ridículo comparar a las ratas de Orán con los topillos vallisoletanos que arrasan los viñedos productores del mosto de Rueda y contra los que ni siquiera vale ejercitarse en el noble deporte de la quema de rastrojos incluido el desaconseje gubernativo por estas prácticas y aunque también sean peste como todo lo que superabunda; que también fuera banal comparación la que pudiera realizarse con los mejillones cebra de Lareo y sus compactas agrupaciones que parece como si se sintiera un ansia de comunión con el oxígeno vivificador y con los pulmones a punto de estallar por la presión que pudieran ejercer sobre nuestras cañerías; y no digamos cuando trasladamos el módulo comparativo y lo aplicamos sobre el fragor existencial de Franska, la osa Franska, nacida en eslovenia y muerta por accidente de carretera ahí por los montes que cercan la gruta del milagro por antonomasia; y dejemos aparte, no sé por qué razón de pudibundez, otras historias del animal humano, violencias en el hogar y en el descampado, navajazos que refulgen como en cualquier colorista drama de sexo y celos, el amor gañán y garañón que pide su lugar en este descontrol de los días, pero que, en todo ello, si bien se mira, puede hallarse siempre una razón de sangres y sus vertidos, de amores y desamores, acaso por la única aunque poderosa razón de que todo lo que el hombre lleva a cabo le rezuma de sus caudales líquidos, la sangre y el sudor y las lágrimas, de todo lo cual es epítome acertado ese último verso del último poema de los «Sonetos para Helena» de Pierre de Ronsard, fundador de la Pléiade, y que nos viene a decir, que «amor y muerte no son más que una misma cosa».
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