Pero si vamos a lo que importa, lo que nos falta, sin duda, es el mismísimo Marcel Schwob (imposible sustituirle) y lo que sobran son personajes más o menos salidos de madre, que el mundo está saturado de frikis como todos sabemos. El cóctel entre amor y muerte puede darse, en este verano en el que alentamos o navegamos desde variadísimos puntos de oteo. Se abre, por un ejemplo, la Semana Grande, y el ambiente, hasta por la noche, se nos llena de luces («helo, helo, por do vienen», qué digo, los fuegos artificiales y los elaborados en el otro laboratorio de ese más allá que es el de «irás y no volverás», las Perseidas que caen como lluvia fuliginosa sobre el ciclorama que nos protege (que no quiero referirme a los otros fuegos, llamados «fatuos» y que ascienden en vez de bajar, que para este menester es preciso acercarse al cementerio y es que no me sale ni un sólo artículo sin su mención que ya es desgracia) y en cuanto al amor y la muerte, se consuma sobre las arenas de Illumbe la fálica ceremonia entre el acero y el morrillo o quién sabe si de las astas con el femoral entre un baile de abanicos y un musiqueo de olés, que todo consiste en un abrazo o un beso con sangre de por medio que la marca del vampiro es la simbología más tatuable que pudieron exhalar las montañas de Valaquia con el Empalador como figura mediática y todo se expandió en colores de leyenda, que añádase a ello ese temblor de tierras amedrentadas que se ha dejado oir por las tierras del centro (que nos faltarán augures, y en ello acaso convengo, pero que algo significan como siempre han significado las fiebres telúricas), y hay regueros de sangre más o menos contenidos o no en las acequias del amor o del desamor (que ambos a dos vienen a ser lo mismo, ramas isomorfas en distinta dirección de la misma planta).
Repaso la agenda del verano y es, en cierto modo, como si abriese las páginas de la Biblia (no me importa que se tome o no como ejercicio trivial, y tampoco importa si por el principio, por el génesis de todo o por la hecatombe final, tan apocalíptica). Allá por el 47 del pasado siglo, y en ese lenguaje que todavía guardaba elegancias y pródigo uso como era el francés y categoría suma compartida en el mundo de la cultura (y como creo también que en parte ha ido perdiendo con el tiempo), un serio y profundo delator de los males del mundo (de entonces aunque de siempre pese a todo) como fue Albert Camus (1913-1960) denunciaba a unas cuantas ratas de la ciudad de Orán, difusoras de la peste bubónica, como fermentadoras de una conciencia mundial de atropellados por el sufrimiento. Y se elevaba como una exigencia de queja, a Nadie que es el Todo, al Ser Inexistente (antinomias de Camus y de todos los que queriendo colgar su queja no encuentran dónde), al que ninguna teodicea pudiera exculpar por un silencio que ha seguido siendo horrísono a lo largo de los siglos. Acaso puede parecer ridículo comparar a las ratas de Orán con los topillos vallisoletanos que arrasan los viñedos productores del mosto de Rueda y contra los que ni siquiera vale ejercitarse en el noble deporte de la quema de rastrojos incluido el desaconseje gubernativo por estas prácticas y aunque también sean peste como todo lo que superabunda; que también fuera banal comparación la que pudiera realizarse con los mejillones cebra de Lareo y sus compactas agrupaciones que parece como si se sintiera un ansia de comunión con el oxígeno vivificador y con los pulmones a punto de estallar por la presión que pudieran ejercer sobre nuestras cañerías; y no digamos cuando trasladamos el módulo comparativo y lo aplicamos sobre el fragor existencial de Franska, la osa Franska, nacida en eslovenia y muerta por accidente de carretera ahí por los montes que cercan la gruta del milagro por antonomasia; y dejemos aparte, no sé por qué razón de pudibundez, otras historias del animal humano, violencias en el hogar y en el descampado, navajazos que refulgen como en cualquier colorista drama de sexo y celos, el amor gañán y garañón que pide su lugar en este descontrol de los días, pero que, en todo ello, si bien se mira, puede hallarse siempre una razón de sangres y sus vertidos, de amores y desamores, acaso por la única aunque poderosa razón de que todo lo que el hombre lleva a cabo le rezuma de sus caudales líquidos, la sangre y el sudor y las lágrimas, de todo lo cual es epítome acertado ese último verso del último poema de los «Sonetos para Helena» de Pierre de Ronsard, fundador de la Pléiade, y que nos viene a decir, que «amor y muerte no son más que una misma cosa».





