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Peligroso
En el marco de la última polémica por las banderas, el autor recuerda que «los sentimientos son posibles y merecen respeto si se someten a la ley, si aceptan su limitación, si hacen sitio a otros sentimientos, si no pretenden agotar, y ahogar, el todo del espacio público»
11.08.07 -
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Peligroso
Peligroso. No se me ocurre otro término más adecuado para caracterizar el enésimo exabrupto nacionalista afirmando que los sentimientos no se imponen, que están sobre las leyes y las sentencias judiciales. Asegurar lo anterior significa afirmar que los sentimientos son los que deben dirigir la política, y no las leyes, en línea con la vieja aseveración de Arzalluz diciendo que el nacionalismo es más un sentimiento que una ideología. Por mucho que estemos acostumbrados a este tipo de exabruptos, sigue existiendo la obligación cívica de protestar.

Porque lo que afirma el portavoz del PNV, Íñigo Urkullu -de profesión maestro, si no estoy equivocado, educador y no mero transmisor de conocimientos, espero, y como educador modelador de sentimientos por medio de los valores, supongo- no es la existencia de un sentimiento nacionalista que merece ser tenido en cuenta. No es, tampoco, la existencia de un conflicto entre ese sentimiento nacionalista, que se identifica sólo con la ikurriña, y las leyes del Estado.

Lo que afirma el portavoz del PNV es mucho más, y mucho más grave: porque tal conflicto no puede existir, el conflicto entre el sentimiento nacionalista que merece ser respetado y la legalidad constitucional, desde el momento que ésta ha asumido el principio de doble lealtad, de doble patriotismo de tanta tradición en la historia vasca. No. Lo que afirma Íñigo Urkullu es la negación pura y simple de la política democrática.

¿En qué consiste la política democrática? En la constitución de un espacio público definido por reglas, procedimientos y normas que hacen posible la convivencia de distintas creencias, de distintos sentimientos, de distintas identidades y de distintos intereses. Y el espacio público constituido por la política democrática posibilita la convivencia de todas esas pluralidades porque limita, particulariza y controla cada una de ellas: respeta cada una de las identidades porque las respeta todas y hace sitio a todas. Afirmar sólo una sería ahogar el espacio público y hacer imposible la convivencia democrática.

Los sentimientos son posibles y merecen respeto si se someten a la ley, si aceptan su limitación, si hacen sitio a otros sentimientos, si no pretenden agotar, y ahogar, el todo del espacio público. Las identidades personales y colectivas tienen sitio en el espacio público de la democracia si cumplen las mismas condiciones: si se limitan y hacen sitio a otras identidades, si no quieren y no pretenden imponerse a todos los ciudadanos como obligatorias.

Si los sentimientos están por encima de la ley, no hay política posible, no es posible la democracia. El portavoz del PNV no entiende, porque parece no saber mucho de política ni de democracia, que la bandera española representa los derechos y las libertades fundamentales garantizados en la Constitución. Una Constitución que lo es, y hay que repetirlo una y otra vez, porque somete la voluntad constituyente al imperio del derecho y de la ley, y la transforma en voluntad constituida. La diferencia que media entre voluntad constituyente y voluntad constituida es la que marca el imperio del derecho y de la ley.

Por eso no implica la bandera española y lo que representa exclusión de la bandera vasca, de la ikurriña, y del sentimiento nacionalista, sino que los supone, los admite y los incluye.

Pero para el nacionalismo vasco la bandera sólo es identificadora de sentimiento. Ahí está el problema. Para algunos nacionalistas vascos los símbolos no han llegado, no pueden llegar al universo de lo político, al mundo definido por el derecho y la ley. Para el nacionalismo vasco la ikurriña sólo expresa el sentimimiento de pertenencia exclusiva al pueblo vasco -aquí hay un pueblo: o dos o tres, depende de la definición-. El símbolo que es la ikurriña debe desandar el camino que lo condujo a ser un símbolo político compartido por los ciudadanos vascos, nacionalistas y no nacionalistas, con sentimiento de pertenencia exclusiva o con sentimientos de pertenencia enormemente complejos. Sólo debe significar la identificación con un modo de sentir la pertenencia al pueblo vasco. Por eso no admite otra bandera a su lado, porque piensa que el resto de símbolos no han andado el camino a la política, o lo han desandado como quisieran ellos.

Por cierto: cada vez que escucho el 'aquí hay un pueblo' en boca de algunos nacionalistas, incluido el portavoz del PNV, implicando ese sentimiento de pertenecia exclusiva, me siento excluido, anatematizado, entregado a las tinieblas exteriores donde sólo hay llanto y crujir de dientes.

Pero peor es aún la solución que parece se le ha ocurrido al Gobierno vasco. Éste parece que pretende interpretar la ley en el sentido de que es posible la opción de no colocar ninguna de las enseñas, ni la ikurriña ni la bandera española. Ni la que representa derechos y libertades fundamentales, ni la que, sin negarlos, representa una identidad diferenciada y compleja en el marco de esos derechos y libertades fundamentales. Esta opción implica la negación rotunda de la política, la incapacidad de entender los símbolos representativos de colectividades más allá de su carácter de identificación sentimental y ver el valor político que supera su mera sentimentalidad. Reducción de la política a mero sentimiento, y así negación de la posibilidad misma de la política democrática. En democracia los símbolos pueden estar cargados emocionalmente y servir de mediación de sentimientos y de identidades. Pero su valor básico radica en su capacidad de represesentar valores constitucionales, valores de derecho y de legalidad, valores de ciudadanía, en definitiva, representar instituciones democráticas.

Claro que para estos casos están los minimalistas de turno, los que ante cualquier problema se apresuran a decir que no importa tanto, que la cuestión no es de tanta transcendencia. ¿Cómo va a estar en riesgo la comprensión de la política democrática por una mera cuestión de banderas? Para los minimalistas nunca pasa nada, todo es igual, nada tiene importancia, ni las leyes, ni las instituciones, ni las representaciones, ni los discursos políticos, y por supuesto tampoco los sentimientos, ni las creencias, ni los valores, ni las ideas.

De tanto minimizar -que a veces no es más que el reverso del miedo a tomar partido, no sea que el Señor se moleste-, el día que les despojen de todo estarán pidiendo perdón por no haber sido capaces de hacerlo ellos mismos. Hubo quien minimizó la apuesta de Estella-Lizarra, porque no iba a ser para tanto. Hubo quien no veía en el plan Ibarretxe tanto peligro. Ha habido, y hay, quien piensa que la consulta, la autodeterminación, la territorialidad tampoco importan tanto, pues al final va a quedar todo en papel mojado. Por eso, las palabras no importan. Se pueden utilizar las que nos manda usar el adversario, o mejor dicho, el enemigo.

Pero en democracia importan hasta los gestos más mínimos. Es más: la política democrática vive precisamente de ser muy respetuosos con los pequeños gestos, con las palabras, con las representaciones políticas, con las instituciones, con los símbolos. La política democrática vive de la pedagogía política que llevan a cabo los actores políticos e institucionales todos los días, en todos sus actos y en todas sus palabras. Y lo que muchas veces vemos no es pedagogía política sino todo lo contrario: antipedagogía democrática. Y ya que hablamos de minimalismos: es legítima la crítica a determinado nacionalismo porque se toma, siendo parte, por el todo. El nacionalismo vasco no representa al todo de la sociedad vasca. Pero actúa como si fuera el todo. Minimiza el todo de la sociedad vasca a la parte que es el nacionalismo vasco. Pero existen otras formas de minimalismo, de minimización. Al igual que el nacionalismo vasco se tiene por el todo de la sociedad vasca, el socialismo vasco ha empezado a tenerse por el todo del no nacionalismo -basta con que estén ellos en un acuerdo con el nacionalismo para que exista transversalidad-, y los populares, a su vez, se tienen por los únicos intérpretes adecuados de la Constiutción y del significado de España.

¿Qué difícil resulta en la práctica hacer política desde el reconocimiento de ser sólo parte -partido político no significa otra cosa- desde el reconocimiento efectivo del pluralismo y no tenerse a uno mismo y a sus ideas por el todo, por la verdad definitiva de la sociedad entera!
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