Viernes, 29 de diciembre de 2006
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CULTURA

Publicado: 10:05

CINE
Babel 1,2,3
Trilogía. Se estrena la obra magna de Iñárritu que clausura el ciclo fílmico iniciado con ‘Amores Perros’ y ‘21 gramos’. Se publica un libro de fotografías.
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Modifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo. Hágamonos así famosos y no estemos más dispersos sobre la faz de la Tierra», dijeron los orgullosos hombres que usaban todos las mismas palabras. Pero entonces, Yahveh, el Dios, se enfureció y, celoso, envidioso, proclamó: «He aquí que todos forman un único pueblo y todos hablan una misma lengua, siendo este el principio de sus empresas. Nada les impedirá que lleven a cabo todo lo que se propongan. Pues bien, descendamos y allí mismo confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros». Así, Yahveh los dispersó allí sobre la faz de la Tierra y cesaron en la construcción de la ciudad. Por ello se llamó Babel, porque allí confundió Yahveh la lengua de todos los habitantes de la Tierra y los dispersó por toda la superficie (Génesis 11: 1-9).
Entre el Atlas y Japón
He aquí la fuente de inspiración de la película que se estrena hoy entre nosotros. Atroz fuente de inspiración para una obra magna premiada en Cannes no sólo con el premio a la mejor dirección sino también con el galardón del Jurado Ecuménico; finalista en los Globos de Oro, aplaudida a muerte en Zabaltegi, la zona franca del festival donostiarra, y estrenada hoy con todos los honores en una plena versión original donde la confusión de las lenguas, inglés, español, árabe, japonés, se corresponde con la confusión de las almas, los corazones y las entrañas. Babel es mucho más que una película. Más que una torre maldita, dicen que auspiciada por un dios enfrentado al de los judíos, por Ninurta, divinidad asiria de la guerra y la caza. Babel, tercera parte de la apabullante y dolorosísima trilogía creada por Alejandro González Iñárritu y su guionista Guillermo Arriaga. Esa trilogía que comenzó con Amores perros y continuó con 21 gramos, concluye con esta Babel, prodigio de estructura cinematográfica, delirio de filigrana estructural y trago amargo de dolor absoluto.
En el comienzo fue el Verbo, claro. La palabra. Pero en el comienzo de Babel, película, hay un fusil. Aunque nosotros no lo sepamos. Un fusil. Una bala. Una mujer herida. Unos pastorcillos marroquíes, una criada chicana. Fronteras, muchas fronteras. Una muchacha sordomuda japonesa. Una boda en México. Dos niños en un desierto. Un policia con el alma rota. Un padre con el corazón aturdido. Babel se extiende desde Marruecos y por la línea que rompe y crea la barrera entre México y Estados Unidos hasta un Japón donde la banda de sonido (que no la música) crea un universo del que el espectador no cree poder escapar.
Babel, rodada en aldeas donde nadie había visto nunca una cámara, filmada por un equipo que hablaba casi todas las lenguas de este planeta, está interpretada por un puñado de actores que se dejaron algo más que la piel en ese compromiso. Brad Pitt, Cate Blanchett, Gabriel García Bernal o la excelente Adriana Barraza, finalista hoy en todas las entregas de premios cinematográficos. Sin olvidar los rostros del desierto. O a Lynch Fainchtein, que se ocupó de que en el fragmento mexicano de la película se oigan canciones del vero norte. Ni a Santaolalla, Gustavo, que se encargó en Marruecos de grabar composiciones de la tierra misma, temas puramente gnawa. Sin olvidar que Iñárritu escuchaba, mientras rodaba en Japón, un tema musical de Sakamoto titulado Only Love Can Conquer Hate, Sólo el amor podrá con el odio.
Babel, que ha de verse y escucharse en versión original, es también una aventura fotográfica casi sin parangón. Quizás sólo aquel legendario rodaje de Vidas rebeldes (1961) pueda igualarla o superarla. Nueve fotógrafos que ya entonces eran historia trabajaron día y noche en la filmación de aquella crepuscular obra de John Huston interpretada por un puñado de dioses tocados de muerte: Marilyn, Montgomery Clift, Clark Gable. Los fotógrafos eran dos damas sin igual, Inge Morath y Eve Arnold, y un puñado de caballeros de la cámara: Dennis Stock, Elliot Erwitt, Cartier-Bresson, Bruce Davidson, Cornell Capa, Ernst Haas y Erich Hartmann. Juntos crearon imágenes que hoy son parte de la iconografía del siglo XX.
Memoria de las heridas
Una aventura parecida han vivido Mary Ellen Mark, Patrick Bard, Graciela Iturbide y Miguel Rio Branco. Todos ellos viajaron por el Atlas, México y Tokio con el equipo del rodaje. Atraparon las imágenes y crearon la foto fija de la película Babel. Pero también dispararon su luz sobre desiertos y pedregales, sobre hombres y mujeres, sobre bestias y urbes de plástico. Sobre la realidad paralela de un mundo que seguía vivo y feroz mientras el filme era rodado. Dicen que, en el fondo, capturaron la memoria de las heridas. Es una frase de Czeslav Milosz, el poeta polaco: Es probable que no haya otra memoria que la memoria de las heridas. En el trabajo de estos cuatro fotógrafos y de sus asistentes hay rostros duros como el desierto que se dulcifican al caer el sol. Y luces frías de neón que dan calor a niñas desnudas. Una obra brutal editada por Maria Eladia Hagerman, esposa de Iñárritu, y publicada por Taschen. Presente en nuestras librerías, cierra el ciclo de Babel, obra inmensa que casi ganó el Premio del Público en Donostia, siendo superada en el momento ultísimo por la rechula Little Miss Sunshine.
Como final, habla Iñárritu: «En Babel fue Dios quien creó la confusión. Es el hombre quien ahora ha de encontrar la solución. Dios está ausente en esta ecuación».
Aldeas globales, por Ricardo Aldarondo
De la trilogía no oficial que ha hecho del director Alejandro González Inárritu y el guionista Guillermo Arriaga dos de los nombres importantes del cine moderno, Babel es la más sólida y redonda. En Amores perros las tres historias tenían una conexión de estilo, más que temática. En 21 gramos, el juego con los saltos en el tiempo era demasiado caprichoso. En cambio en Babel, todo lo que ha dado identidad de este tándem mexicano está en plena armonía cargada de sentido.
Se les puede achacar a los actores que el juego de casualidades que abarca el planeta entero es demasiado rocambolesco, pero la fuerza de las historias y la forma de contarlas y conectarlas acaba pronto con cualquier reticencia. Iñárritu y Arriaga llevan al extremo esa teoría de que el movimiento de una mariposa puede provocar un cataclismo en el otro extremo del mundo. Ese supuesto tiene una plasmación mucho más realista en Babel, aunque las historias ocurran en Marruecos, Japón y la frontera entre México y Estados Unidos entre personajes que en principio no tendrían por qué estar conectados, pero acaban compartiendo dramas intensamente. La historia japonesa es la que puede quedar más desconectada del conjunto, pero es de gran belleza.
Todo comienza con un disparo que fortuitamente hiere a una turista americana, y ya se lanzan al aire algunas de las incógnitas que preocupan a Arriaga e Iñárritu, y a cualquiera que se cuestione la realidad cotidiana. Cómo una pequeña decisión puede cambiar toda una vida, cómo un personaje puede provocar un daño sin intención y sin llegar a saberlo nunca. Iñárritu extiende las situaciones por el placer de narrar, gozando y haciendo gozar con el equilibrio del tiempo cinematogáfico y con una cámara que nos lleva hasta el centro del drama con una tensión y una fuerza centrífuga de la que es difícil escapar. La magistral angustia que crea en el episodio mexicano pasando de una fiesta a una huida desesperada es una de las piezas que crea para hablar de la lucha por la supervivencia, de la incomunicación y de la desesperación, también del amor. Una original visión global del mundo en todas sus dimensiones, aunque el doblaje las unifique eliminando la diversidad de lenguas, menos mal que también tenemos copia en versión original.

 
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