Individualista, insobornable, a contracorriente de todo y de todos, Pío Baroja se declaró "enemigo de la humanidad". La humanidad, sin embargo, no se lo ha tenido muy en cuenta, pues a los cincuenta años de su muerte -falleció un 30 de octubre de 1956- sigue cautivando a miles de lectores. "Es el más vigente de la Generación del 98", dijo de él Francisco Umbral, a pesar de que el Premio Cervantes no le traga y le suelta alguna que otra coz siempre que puede.
Sus dos libros más vendidos -El árbol de la ciencia y La busca- superan el millón de ejemplares. Escribió más de cien, sobre todo novela, pero también ensayo, teatro e incluso poesía. "Su prosa es indestructible", dice taxativo Miguel Sánchez-Ostiz, uno de sus más puntillosos biógrafos. "Traslada las ideas a la palabra con una naturalidad que hoy nos sigue pasmando".
Baroja creó un modo de ser y de mirar el mundo -el estilo 'barojiano'- caracterizado por un cierto distanciamiento respecto a sus congéneres. "Era escéptico hasta consigo mismo", suele recordar su sobrino Pío Caro Baroja . "Le hacía mucha gracia aquella frase que le brindó uno de sus lectores: 'Es usted un grosero buey vasco'".
Pío Baroja y Nessi nació en San Sebastián en 1972. Hijo de un ingeniero de minas, Serafín Baroja (vividor y mujeriego) y de Carmen Nessi Goñi (mujer religiosa y de mirada triste), estudió el bachillerato en Pamplona y la carrera de Medicina en Madrid. Sus años universitarios los evoca magistralmente en El árbol de la ciencia. Ejerció de médico rural en Cestona, pero sin mucho entusiasmo. Luego regentó la panadería Viena Capellanes que su tía abuela Juana Nessi tenía en Madrid. Salió escopetado por las continuas broncas con los obreros. A los 28 años, y tras publicar unos cuantos relatos y artículos en periódicos, decidió dedicarse de lleno a la literatura.
Obras maestras
Su primer libro fue Vidas sombrías (1900), un conjunto de relatos donde ya aparece el trazo directo y vigoroso de su prosa. A la hora de señalar sus obras maestras, la crítica coincide en unos cuantos títulos: Las inquietudes de Shanti Andia, La sensualidad pervertida, Juventud egolatría, los volúmenes de sus memorias Desde la última vuelta del camino, además de los citados La busca y El árbol de la ciencia. El preferido de su sobrino Pío Caro es El escuadrón del Brigante, una novela que forma parte de la serie que Baroja dedicó al aventurero y conspirador Eugenio de Aviraneta, antepasado suyo. Su hermano Ricardo se inclinaba por Aventuras, inventos y mistificaciones de Silvestre Paradox (inspirado en la vida del propio Ricardo). El etnógrafo Julio Caro Baroja, sobrino del novelista, tenía debilidad por Zalacaín el aventurero y Las noches del Buen Retiro.
En 1912 compró Itzea, en Vera de Bidasoa (Navarra), una casona que maravilló a Gregorio Marañón -"la casa más bonita que he visto en mi vida" -y a todo aquel que ha tenido la suerte de perderse por el zaguán, la biblioteca o el gabinete donde trabajaba el escritor.
En 1934 fue elegido miembro de la Real Academia Española. José Martínez Ruiz, 'Azorín', fue su mentor. La amistad de Baroja y Azorín -tan distintos literariamente- duró toda la vida. No tuvieron ningún roce. Quizá porque se trataron siempre de usted.
Solterón
Los requetés, a comienzos de la Guerra Civil, estuvieron a punto de fusilarle. Se libró porque uno de los mandos era aficionado a sus novelas. Tras el susto se marchó a Francia. Vivió un tiempo en París y regresó a España en 1940. A partir de entonces pasaba gran parte del año en su casa de la calle Ruiz de Alarcón. Hacia mediados de junio viajaba a Vera y no regresaba hasta entrado el otoño.
Soltero, cuidado y mimado por las mujeres de la casa (su madre y su hermana, fundamentalmente), su vida transcurrió sin grandes sobresaltos. Escribía en una mesa camilla, con pluma y tintero, paseaba por el Retiro, huroneaba por las librerías de viejo y recibía visitas a media tarde. Hizo algunos viajes por Francia, Londres e Italia que luego transformó en novelas.
Murió como vivió: sin hacer ruido. Hemingway le visitó al final de sus días, cuando apenas podía parpadear. A pie de cama, y con la boca pequeña, le susurró: "Quien merecía el Premio Nobel eras tú". Años antes, Rubén Darío bromeó a consecuencia de su trabajo en la tahona. Le dijo a un periodista: " Baroja es un escritor de mucha miga". El escritor vasco respondió a través de otro periodista: "Rubén Darío es un escritor de mucha pluma, se nota que es indio".
Cuando Camilo José Cela recibió el Nobel, en 1989, comentó con la gravedad que le caracterizaba que a la única persona que le regalaría el galardón sería a Pío Baroja . Y seguramente estaba diciendo la verdad.